Son tiempos raros

Iñaki Costa Villegas



No hace mucho tiempo tuve una conversación larga y tendida que me llevó a una serie de reflexiones personales. La plática iba de un lado a otro, era una plática sin rumbo fijo. Despotricábamos acerca de los malos momentos y reíamos con los recuerdos que sazonan nuestra vida. Sobre todo, hablábamos con intensidad: de frustraciones y desilusiones sobre las cuales no se tiene control. En algún momento mi torpeza salió a la luz y lo único que pude decir fue: “sí, pues ni hablar, son tiempos raros”. Ahí concluyó la conversación, pero la sensación de quedarme falto de palabras y de expresión no me dejaba tranquilo. Entendí que ese momento abrió heridas y el silencio tuvo que tomar partido. Algunos eventos difíciles han acontecido en mi vida desde aquella conversación y me han ayudado a aclarar ciertos puntos. Ahora puedo elaborar aquello que, en ese momento, el silencio me arrebató.


La inmediatez y el hedonismo me han permitido esa sensación de libertad que tanto anhelo. Pero he llegado a la conclusión de que por más que habite en ese par de conceptos, la libertad no termina de llegar. Es decir, gracias a mis padres, maestros y contexto, vivo con la ilusión de poder hacer cualquier cosa, de ser quien yo quiera; pero, cada vez que miro a los otros y me veo cara a cara conmigo mismo, me doy cuenta de que esto no es cierto. Soy consciente de que tengo que reaprender cómo sentir, qué pensar y en qué pensar. Desde mi trinchera, me bato contra mi propia historia. Aterrorizado, trato de pelear contra mis fantasmas como en una película de terror de buen gusto, para llegar a la conclusión de que en realidad no sé quién soy.


Mi desconocimiento es una de las desilusiones que abundan en estos tiempos en los que pareciera que todo es efímero. Pero la fugacidad se escapa de los desencantos que dañan en lo más profundo. Estas heridas infravaloradas y menospreciadas, se quedan ahí conmigo, y yo con ellas, para guardarnos compañía en los momentos en los que menos lo necesito. Cuando todo parece ser más grande que yo, los patrones a los que tiendo debido a las dudas y traumas, encuentran la forma de hacerse camino hasta orillarme a lo impensable, atentar contra mí mismo. Me retan y me ponen a prueba constantemente, buscando el instante en el que tengo la guardia abajo y aparecen, casi como de la nada, para confirmarme una vez más que soy mi peor enemigo. Ya lo advertía Nietzsche:

“Quien con monstruos lucha, cuide de no convertirse a su vez en monstruo.”


Los años implican responsabilidad y exigen de mí que resuelva mi vida. Hacerse cargo de uno mismo no debería representar tanto problema. Pero hay un factor que complica la tarea: el autosabotaje. Esa necesidad inconsciente, esa pulsión de muerte dentro de la cual ha caído mi existencia es resultado de un proyecto fallido. No es nuevo pensar que la humanidad ha fracasado como especie. Nos hemos encargado de destruir todo a nuestro alrededor, tanto que lo que nos queda ahora es destruirnos a nosotros mismos.


La consciencia me ha dado todo, pero dentro de todas esas cosas, hay promesas vacías, corazones rotos, pérdidas y traumas. Se han ido creado preguntas sin respuestas, demasiados por qués. Tanto me intriga y tanto no sé que me pierdo en un infinito de angustia. Angustia por eso que he podido responder y por lo que no he podido, pero al final, siempre angustia.


Saberme dentro de un absurdo, de un sinsentido, me confronta con mis carencias. Paso por alto tantas pequeñas decisiones en mi cotidianidad y son justamente estas decisiones las que acaban impactando a gran escala mi vida. Dedico mi tiempo a decidir qué hacer con él; hago todo lo posible para no desperdiciarlo. Como sé que las cosas no tienen valor en sí mismas, hago un proceso de selección, trato de determinar qué es lo que para mí tiene valor, no sin antes cuestionarme absolutamente todo. Al final concluyo, más por cansancio que por convicción, que algo tiene cierto valor y ya está.


El juego de expectativas que se pone en marcha con la otredad es otro de esos misterios que siento que me toca resolver. ¿Qué se espera de mí? ¿Se espera algo? Si sí, ¿qué? Si no, ¿por qué no? ¿Quién espera algo de mí? ¿Alguien espera algo de mí? ¿Ese alguien debo ser yo? Si sí, ¿qué debo esperar? Si no, ¿quién debería esperar algo de mí? Si yo no espero nada de mí mismo ¿cómo alguien más espera algo de mí? Y viceversa. Así podría continuar con preguntas. Al final, según los expertos, la respuesta radica en uno mismo. Si bien esto es cierto, hay que considerar que en realidad es porque no hay respuesta, siempre hay falta. A lo que quiero llegar es que la respuesta está en uno porque sin duda en los demás no está; no está en nadie.


Me da la impresión de que hemos perdido de vista el hecho de que a cada quien le pasa algo distinto y nadie puede comprender eso que le sucede al otro. Como sé que no me entiendo ni a mí mismo y creo que la mayoría de las personas padecen de esa falta de comprensión, me declaro incompetente en el entendimiento del otro. El desconocimiento de uno y de los otros deberá de ser el punto de partida para aprender a escuchar, tanto a uno, como a los demás y sólo a través de esto, quizá, podríamos empezar a construir relaciones más humanas, más cercanas y sinceras. Hay que darse una oportunidad de hablar desde sí para realmente poder compartir algo. Dejar las máscaras, las barreras y los juicios a un lado.


Escribo estos miedos y estas dudas que seguirán acechándome. La intención es compartirlos, sincerarme ante mí y ante la otredad; buscar hacerme frente y ver si logro vencerme. Son tiempos raros, sin duda. Pero creo que al final me reconforta saber que, de alguna u otra forma, para bien y para mal, el tiempo vuela.

Fotografía del autor.