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Monólogo

  • hace 3 días
  • 2 min de lectura

Paula Cortés


Mil palabras salen de mi boca,

pero nunca llegan a su destino.


Palabras que vuelan

como las mariposas blancas liberadas en las bodas,

buscando alcanzar el cielo

y continuar su migración.

Pero estas mariposas desaparecen.

Se desvanecen.

Nadie estuvo para el final.


¿Se vale cansarse?

¿Se vale rendirse?


Se habla solo de “maternar” cuando parimos hijos. 


Pero también maternamos a tíos, abuelos, amigos…

Nutrimos. Sostenemos.

¿O cómo le llamamos a alimentar a nuestros padres de edad avanzada? 

¿Al tío que nunca tuvo hijos y hoy necesita ayuda para bañarse? 

¿Al amigo que abrazamos, consolamos, acompañamos y cuidamos?


Soy madrastra.

Mi amor por ellas no busca correspondencia, aceptación, ni tiene fecha de caducidad. 

Soy madrastra porque lo elegí.

Elegí entrar en un mundo desconocido por amor.

Un amor por convicción.


Maternar es meter las manos al fuego.

Es amar sabiendo que voy a salir herida.

Es cuidar incluso en mi dolor, 

mi cansancio, mi malestar,

A cualquier hora, lugar o día.

Es abrir mi corazón a un espacio de vulnerabilidad.


Vulnerabilidad.

Como mamá se experimenta.

Como madrasta se espera.


Madrastra

Qué raro nombre.

Suena a que la arrastran.


Las madrastras parecemos una especie rara.

Cargamos con una comitiva de jueces checando cada paso que damos.

Vivimos de puntitas,

porque con lupa nos observan.

Parecemos amenaza.

Chivas expiatorias.

Menospreciadas.


Altísima exigencia emocional de la etiqueta impuesta.

Estamos en desventaja,

en el limbo, 

con un rol indefinido.

“Calladitas y sin molestar”.


Pero ¿quién está observando cuando la madrastra se trasnocha cuidando la calentura del niño?

¿Quién está observando cuando dejamos todo por ir al partido de soccer?

¿Quién está observando cuando cambiamos un plan con nuestras amigas, por hacer vueltas de las niñas?

¿Quién está observando cuando sacamos una risa en un día pesado,

cuando tenemos que levantarnos más temprano para preparar desayunos y refrigerios,

cuando tenemos que estirar nuestros días para poder dar a todos, cuándo nuestra cabeza ahora tiene que dividirse en más?

¿Quién está cuando nos sentimos fuera, cuándo tenemos miedo?

¿Quién está para observar nuestras inseguridades, nuestro corazón lastimado por las palabras hirientes?

¿Quién observa?


Es como estar en la silla del acusado, 

atadas,  

pero esperar que vayamos y salvemos al mundo.

Pero, ¿por qué, si las madres adoptivas son heroínas, las madrastras somos las villanas?

¿Qué no hacemos lo mismo?

Damos nuestra vida, nuestro cuerpo, a veces nuestra sanidad por aquellos que amamos.


Maternamos.


¡Ay, la maternidad!

Compleja y, en ocasiones, invisible.


Me veo envuelta en un remolino de emociones. 

Mis pies no aterrizan.

Pienso que voy bien, pero al segundo tengo que recalcular.

No quiero desfallecer.

Maternar es romper con lo que viví para no imponerles mis heridas.

Maternar no es engendrar.

Queda corto y limitado.

Ser mamá, madrastra o madre adoptiva,

es estar en la línea de fuego.


 
 
 

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