Monja sometida a revoluciones (o revolución en falda de monja)

Valentina Campos-Cervera


10:00 PM. Me dispongo a atravesar la plaza para subir al puente del transmilenio 1 . Ya casi no queda gente. Llevo puesto un vestido, largo y negro con estampado de flores, que siempre me hace sentir hermosa. Quizás es porque acostumbro usar faldas cortas, pero cuando me pongo este vestido me siento particularmente especial, particularmente bien. Llegando al puente me veo obligada a pasar frente a un grupo de hombres que está sentado justo al pie de las escaleras. Pienso que es absurdo evitarlos y decido como siempre ignorar la incomodidad de ser estudiada por todos los rincones. Apenas los paso escucho sus ruidos: “psssss” “pssss”. No volteo. “¡Oye!” me gritan “¡¿eres cristiana, o qué?!” Sigo de largo, pero a medida que voy recobrando la capacidad de pensamiento,

crece mi desconcierto. ¿Cristiana? Ni de broma… Ya encaramada en el bus, al recoger mi vestido para que no toque el suelo, comprendo. La razón de su comentario fue mi vestido largo hasta los tobillos.


A veces, como soy tan vanidosa, me siento muy bella y olvido la realidad: vivo en un lugar en el que una mujer, si es hermosa, se muestra, se maquilla para resaltar su bello rostro, posee curvas o por lo menos lleva las pestañas y las uñas pintadas. Olvido que mi concepción de lo que es una mujer hermosa aquí no siempre cuenta. Esos hombres, al verme con una falda hasta los tobillos y una bufanda hasta las orejas, inmediatamente me expulsaron de su lista de mujeres hermosas; y, al ver que no tenía ningún hombre al lado, se creyeron con la importancia suficiente como para hacerme saber a gritos que yo, con mi falda larga –cual cristiana–, no clasificaba para sus piropos.


Pero después de años de alimentar mi vanidad este tipo de situaciones ya no me sorprende. Ha sido necesario aprender a reírme de la inseguridad que aún a veces siento cuando se para junto a mí una mujer de pelo largo, culo parado y teta asomada (pues aún y con toda mi vanidad algunos días todavía lamento mi estatura, mis ojos demasiado achinados o incluso mi atuendo caído y suelto, que me encoge y me rellena). No me sorprende; aunque sí me afecta. Por fortuna, no soy solamente una bella y vanidosa mujer, sino también una muy buena, y por eso soy comprensiva con esos pobres, cansados y patéticos personajes que llevan sentados junto al puente probablemente más de un milenio. Una vida, en cambio, a mí me alcanza para volverme vanidosa, bella y buena. Y como soy buena, entiendo que esta lamentable situación es fruto de una confusión. Una terrible confusión. Los personajes en cuestión no sólo creen saber lo que es una mujer bella, cómo debe caminar, cómo se debe vestir, quién debe ir a su lado, y cómo debe reaccionar frente a sus galantes comentarios, sino que todavía creen que la humillada, en esa triste situación, es ella. Quién la manda a ponerse un vestido largo de monja, quién la manda a no voltear, quién la manda a ser tan fea. Pero todo esto es una terrible confusión, caballeros: nadie me ha mandado a poner tal vestido, ni presumo fealdad o humillación. Lo más grato de todo esto, gentilhombre, es que el más humillado, y el que mejor brilló por su falta de educación, fuisteis vos, buen cristiano. Pongámoslo en términos sencillos, señores: me alegra no haber clasificado para la excitación de su triste y poco interesante líbido, y también me alegra saber que con este simple vestido será posible la prevención frente a un contacto mayor con cualquier hombre como ustedes. Es más: afortunada me siento de haberme puesto, ese día, tan elegante atuendo. O, mejor dicho para este caso, GRACIAS A DIOS.

Fotografía de Pixabay.