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MetaPrompt de mi policrisis

  • 30 may
  • 8 min de lectura

Tochan Pocayautlan


Abrí el día sin ver otro amanecer que el apéndice celular que me hipnotizaba por  horas en scroll infinito y luego de meses de intentos fallidos, descargué otra app con  bloqueos y mensajes “personalizados” para reducir el impulso. 


“No alimentes al monstruo” | Instagram | Racha 180 días | podría meditar, podría caminar, podría contemplar, podría  leer, podría..., pero | los therians, los therians, los therians; ¡Ayuda urgente a Cuba!; Rafah Is Gone. Razed to the  Ground; Cuando el sistema sanitario colapsa, este es el único conocimiento que puede salvarte > el libro de los  remedios herbales olvidados; Los archivos de Epstein y una élite que no rinde cuentas; Calvin “you know, sometimes  the world seems like a pretty mean place” Hobbes “that’s why animals are so soft and huggy”; “¿Por qué no nos  estamos organizando para romper el sistema”; “este reel dice que soy altamente sensible y que debo proteger mi  paz”; “Cariño, por favor despierta a nuestro hijo”, “la única forma de sobrevivir en este sistema es recuperar la  comunidad y la cultura, construir proyectos, compartir saberes, crear algo junto a otras personas. No permitas que  el aislamiento… 0/6, bloqueado. 


Y así, desde hace tantos años y lunas, de sol a sol, desviando mi mirada entre  pantallas, mientras sigo sentado frente a una computadora para continuar esta ficción  de normalidad cada día más insostenible, trabajando hiperestimulado y a la vez  emocional, sensorial y corporalmente eclipsado. Cohabitante de un instante en este pluriverso expansivo. 


Testigo sintiente de esta entropía desquiciada, tan contraria a los ritmos y ciclos originarios, he decidido postergar mi experiencia vital y enfocar mi preciada atención  presente a estos odiosos diodos luminosos a cambio de un número estable dispersado  en periodos quincenales, vanas promesas de recompensas futuras dentro de un  torrente de contenido dopaminérgico en el que me he extraviado por decenas de miles  de horas. 


Tantas que perdí el miedo a una hoja en blanco y ahora recreo esa sensación material  frente a esta incómoda simulación de cuartilla digital que en nada expresa mi letra, ni  dejará su rastro florido de notas, manchas y tachaduras sobre la superficie del papel. 



¿De qué ecosistemas habrán arrancado los materiales sobre los que escribo? ¿Cuántas existencias dejaron de ser para que existiera este aparato? ¿Cuántas  historias colectivas e individuales habrán padecido y perecido por extraer estos  gramos de petróleo, metales y “tierras raras”, desgarrando y haciendo estallar toneladas para darle forma a esta máquina milagrosa diseñada para su consumo degradado y obsolescencia programada? ¿Cuántas hectáreas de suelo vivo fueron  arrasadas? ¿Cuántas comunidades desplazadas, cuántas lenguas olvidadas, cuántos  tejidos vitales desgarrados, cuántas memorias y saberes perdidos? ¿Cuántos hongos  de secretos maravillosos, cuántas plantas de semillas fecundas, cuántos mamíferos hermanos, cuantas hermosas aves que no volverán a entonar su canto en el disminuido coro de la mañana, cuántos insectos portadores de señales, cuantos miles de millones de seres que todavía nos acompañan y que en nuestro actuar cotidiano  nos negamos a comprender, a conectar o tan siquiera reconocer como tales, cuántos  más serán aniquilados cada minuto para seguir extendiendo esta simulación tan  perversa? 


¿Y qué sentido tiene la escritura cuando la probabilidad de cada lectura ya es inversamente proporcional al volumen de generación de texto impoluto y coherente, pero carentes de sentido? ¿Qué significa leer en este momento? ¿Qué significa leer  este momento? 


Con el impulso de improvisar un escrito, un escrito automático pero no automatizado,  sin más soporte ni estructura que las emociones que se desbordan en mis entrañas y  la habilidad pulsante de mis dedos, —entumecidos luego de siempre-demasiadas horas frente al teclado—, con mi intención dispersa, fragmentada y consumida por el derrame intermitente de pantallas laborales sobre pantallas personales, entre  pantallas entretenidas que disimulan pantallas comerciales, bajo pantallas estúpidas que esconden pantallas informativas. Pantallas violentas y cada vez más terribles, más  repulsivas, más delirantes, más desoladoras, más próximas, ¡más y más y más y  más…! hasta el último minuto, hasta devorar cada instante de esta mi preciosa vida; las mismas pantallas que alimentan esa trepidante congregación de pensamientos,  sensaciones e intenciones revueltas —y de vez en cuando intrusivas— que ahora me habitan. 


Con el único sentido de escribir desde , sin importar si me lee ya otros ojos orgánicos o digitales, siguiendo la traza de mi escritura, intercedida como está mi palabra por los flujos de contenido guiados por algoritmos predictivos y el uso  continuado de esos siempre derivativos modelos generativos que continúan optimizando al superorganismo, impulsando gigantescas colmenas de datos y agentes semiautónomos que con cada interacción, con cada integración, con cada apificación y cada token procesado, perfeccionan su habilidad para abstraer y emular lo real,  preparando el camino para la reaparición de la mAGIa. 


El Deux ex machina que según sus creyentes nos librará de los peores efectos del ego; como el de esos demenciales blancos-hombres-grises que mueven a millares de  dependientes manos de libre mercado, externalizadas e invisibles, motivadas frenéticamente por métricas depredadoras que alimentan informes y entregables para “optimización y desarrollo”, y que seguirán llenando un puñado de cuentas ya repletas —porque elretorno de inversión es más anhelado que el regreso de cualquier mesías— , al tiempo que continúan fragmentando la corriente vital para concentrar el máximo volumen de materia y energía restante en sus frágiles depósitos y bunkers ‘a prueba de  miedos’, minando al planeta y arrasando a todo aquel que no se someta a su dominio, sustrayendo nuestra agencia persuasivamente en favor de esa aberrante visión transhumana, la culminación del desgarramiento de este tejido orgánico e interdependiente hecho de tierra negra, de tierra viva, tierra vuelta carne… y carne que, día con día, está más saturada con microplásticos de mierda. 


Delulu es la solulu y aunque duela aceptarlo, son esos modelos a quienes hoy también  asumo como lectores en este inmenso y superficial mar de contenido sin continentes; en estos órganos sin cuerpo que hoy escriben, reescriben y describen el registro de lo  existente; los mismos que podrían extender este texto indefinidamente, hasta que mi palabra quede completamente ausente… una huella sobre el gran contexto del último  modelo de mundo


Entonces vuelve ese incómodo impulso de salir a la calle a gritar sin palabras —porque  toda consigna o señal de alarma ya me parece insuficiente—, pero lo cierto, es que he  seguido prefiriendo mirar el discurrir trágico de este mundo con ojos ahora-ausentes ahora-presentes, hasta que me permito escuchar el canto de los pocos pájaros, acallado por los muchos aviones, motos y coches, o dedico un minuto a mis bellas  plantas y al único árbol que puedo ver por la ventana, soñando con escapar al bosque  y deambular por ahí contemplando cada detalle, como un recién nacido, extasiado por las maravillas de lo grande y lo pequeño. 


Pero como buen milenarista crecí en cuenta regresiva: con el sueño prometido de un mundo en que cupieran muchos mundos y el anuncio maldito del final de este, más  conveniente a los intereses dominantes que el fin de aquello que los mueve. 


Antes seguirán abriendo fosos para llenar fosos más grandes, seguirán perforando y  provocando sufrimiento, para descargar sus residuos sobre los remanentes sagrados,  antes de desistir en su locura zombificarán la economía hasta que la fragilidad, las  fricciones y la letal termodinámica de la tasa de retorno energético, vuelva imposible sostener el engaño. 


Y acepto la insignificancia temporal de este desvarío civilizatorio, pero me niego a que  nuestro único destino posible sea reducir la toxicidad de las ruinas termoindustriales para la próxima iteración evolutiva de la biósfera. 


Sin embargo, hoy preocupa más la extinción de Internet que la de millares de especies, porque la doctrina limita la vida a una experiencia individual dentro de una galería de  especies e individuos enfrascados estúpidamente en un juego cuyo resultado final  siempre será cero. Ignorando que el lienzo de la vida, esa improbabilidad sintrópica, el único fenómeno que en lugar de disiparse en la nada, reduce su desorden y genera  mayor complejidad y estabilidad en el universo conocido, es por definición la suma  creativa y positiva de todas sus redes; hoy devastadas por el ecocidio y la emergencia  climática que se siguen escondiendo precariamente tras el espejismo del “progreso”,  que avanza al ritmo del slop-scroll infinito, diarrea digital que diluye hechos entre  opiniones, alucinaciones y reacciones precursoras de engagement, intercalando fraudes, anuncios, memes y propaganda noticiosa con micro protestas dispersas y ahogadas, adornadas por emojis y reacciones prefabricadas. Mientras tanto continúan  los asesinatos masivos a defensores de territorios, —siempre extraños a quienes  hemos perdido la memoria de nuestras raíces— opacados por el último brainrot,  mientras todas las creaciones y descubrimientos palidecen ante las masacres y  genocidios que desaparecen o se exhiben como amenaza y consumación de la  necropolítica. 


La humanidad agoniza hoy dentro de una metacrisis encubierta por una tecnosfera que  a cada minuto consume a la biósfera de forma más eficiente, sin acoplar ninguno de  sus flujos y por tanto, con vectores extractivos que apuntan con certeza matemática a  puntos de no retorno inminentes y que hoy cualquiera puede comprobar con el riesgo  de aventurarse a comprender la realidad y observar la espiral descendente e  implacable de la Gran Simplificación, el Gran Nivelador, el Gran Filtro. 


Y en este punto, que es cualquiera, mis palabras me producen la desagradable  sensación de vómito-verborrea al comprender que el colapso se ha vuelto mi protagonista y que me he convertido en un personaje ensombrecido, cargado de miedos, de frustraciones y agotamiento, que me he dejado arrastrar por esta marea  negra de datos, pensamientos y sensaciones que una y otra vez reconfirman un rumbo cada vez más próximo y nefasto, que día con día estoy esperando el apocalipsis entre la angustia, el hastío y el terror. 


Hasta que algo despierta y cae el telón, y el Dios tras bambalinas resulta peor que la  obra. Y por un segundo —que se prolonga con cada inhalación—, mi yo espectador se  reconoce en cada personaje de las historias que me he contado, y en un arranque de  lucidez reveladora, adopto resoluciones máximas y decisiones mínimas que poco a  poco se amplifican; porque, aún si utilizo disfraces convenientes, he perdido el hechizo de las máscaras y renuncio a formarme en las filas de filias y fobias impuestas: personales, familiares, laborales, relacionales, ideológicas, culturales,  tecnológicas y espirituales. 


Había perdido mi memoria de lo que significa estar vivo, me estaba perdiendo de mí, y aunque siga extraviado en , me permito sentir, llorar y “sonreír en medio de la muerte, en plena luz”, me permito divergir en dispersión creativa: me permito meditar y sembrar acciones-pensamientos-semillas que nutren mi consciencia y florecen con las vidas que procuro, con el amor que alimento, con las plantas que riego y germino; con los maullidos, ladridos, cantos, zumbidos y cualquier otra señal vital que me permito escuchar, observar y resguardar sin pretender capturar, para regenerar y tejer  el sueño de una comunidad transgeneracional, un suelo fértil que anhelo habitar para  levantarme de este asiento inercial y salir a gozar el milagro desvaneciente de todo lo  que hoy nace, vive y florece, muere y renace en este plano de innumerables seres en  relación plural y singular, simbiontes orgánicos y nunca sintéticos; los que fueron, los que son y los que serán. 


Cerré el día para habitar el duelo y escuchando para volver a mí, redescubrí mi campo  de acción al aceptar que lo que era no volverá, que lo que esperaba no llegará, que lo  que hoy amo llegará a su fin, pero que como el agua que fluye hacia el mar — aceptando la gravedad, bordeando los obstáculos y acumulando fuerza — hoy puedo mirar el desierto de lo real, reconociendo mis límites y construyendo una presencia  estructural, una que actúe en lo local, una que borre las redes necrosociales, una que evite el uso de interfaces, agentes y contenidos intrusivos, una que pueda inhibir el  consumo de estímulos de entretenimiento disociativo, una que renuncie a créditos  firmados sobre las cenizas del futuro, una que deje de pagar suscripciones y permitir mediaciones que me alejen de experimentar mi vida y así sin más, apagar este escrito para volver aquí, para reconocer lo que es y lo que está siendo, para honrar la sabiduría de mi amada dualidad, y desistir de pensar: desistir de rebuscar certezas  entre respuestas fatídicas, desistir de leer en cada día un cúmulo de señales ominosas y empezar a resistir en gratitud, sin alimentar las ilusiones materiales y  digitales en las que nos encontramos presos y en su lugar hacer realidad con lo presente, mirando al suelo y al cielo en su horizonte, reconociendo la impermanencia como condición y fundamento, aceptando radicalmente el estado del mundo y  existiendo así en compasión, amor y dolor profundos por verdaderos, en asombro  permanente y con la plenitud gozosa del viviente que ha reconocido su mortalidad y  decide bailar con ella. 


Aunque la pista esté en llamas. 


 
 
 

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