top of page

Llamar a un campo la existencia

  • 30 may
  • 6 min de lectura

Actualizado: 2 jun

Ana Martínez de Buen


Vivo en un país en otro idioma. Digo ‘otro’ para decir ‘no el mío’, ‘no el mismo’, ‘no el conocido y escuchado’. Pero eso no es verdad del todo. El idioma de ‘aquí’, ese idioma ‘otro’, es parte de una realidad globalizada y occidental a la que pertenezco. Es un idioma ‘otro’, pero ‘familiar’. No ‘mío’ ni ‘nuestro’, pero cercano, accesible, y en muchas ocasiones, útil. 


Vivo en Londres y aquí la gente habla inglés. Pero no sólo habla inglés, y no habla inglés de una sola manera. Cada día escucho a la gente hablar de formas nuevas, tanto su propia lengua como la que ahora compartimos. Quienes sí crecieron con el inglés del Reino Unido, pero lo hicieron fuera de esta ciudad, llevan marcas de acentos que revelan geografías—evidentes para quienes saben leer ese mapa de voces, pero invisibles para mí. 


A pesar de la variedad, tan amplia, de formas del inglés en esta ciudad, hay modelos no-nativos del idioma que encajan con mayor facilidad. La gente aquí está más acostumbrada a los acentos de personas que vienen de otros continentes, que a los de Latinoamérica. Yo hablo inglés, desde pequeña, pero lo aprendí de los gringos—de la televisión, la música, las películas y la literatura, de las visitas a su país y de sus visitas al mío. El español que yo hablo incluye muchos anglicismos, consecuencia de la proximidad territorial y cultural con Estados Unidos y Canadá, y de su evidente éxito imperialista a través del lenguaje. También es cierto que ese inglés cada vez incluye más latinoamericanismos, porque ninguna conquista es total, y porque, podría decirse, hay una acción pendular en esa ocupación lingüística.


Aquí, en cambio, otras naciones son las que han abierto espacio para nuevos vocabularios. Esto es consecuencia clara de los restos imperialistas de este reino mercenario, que ahora tiene una deuda insaldable con los territorios que colonizó. Así que la gente de dichos territorios ha venido a este, para ocuparlo con sus cuerpos, sabores, costumbres y acentos, que aunque incómodos para las personas que lloran a su ‘poor old England’, se han vuelto familiares en el espacio público de Londres. 



De forma muy ingenua, pensé que mi inglés podría convivir con los de aquí sin problema. Pero, parece, el vocabulario y acentos que aprendí, resultan equivocados. O sea que muchas veces hablo y la gente no me entiende. Como cuando pido un vaso con agua e, invariablemente, tienen que tomarse una pausa para descifrar lo que digo y repetirlo de otra forma. A glass of water–A glass of ‘guarer’–Oh, you mean a glass of ‘uotha’. Sí, gracias, y perdón. Pero es que decir la palabra ‘water’, de cualquier manera, se siente como una pantomima en este idioma que se resiste a permitir que las letras tengan un sonido que, de manera errónea, llamaré natural. Por ejemplo, palabras como Leicester y Marylebone, se pronuncian ‘Lester’ y ‘Mehlebon’, lo cuál me lleva a preguntar ¿cuál es el punto de escribirlo de una forma en la que no puede deducirse su pronunciación?


Habito una gelatina lingüística en la que no logro expresarme completamente en español o en inglés, como si hubiera tenido que ceder espacio en uno para que el otro se extendiera. Eso de tener espacio limitado en la capacidad interior no me suena, pero sea la razón que sea, por las noches me voy a dormir con la sensación de haber practicado en el mundo con una gimnasia torpe. Los primeros meses aquí cedí a la frustración, pero últimamente he podido cambiar esta sensación, sentándome con la incomodidad y dándole chance –anglicismo– a mi mente a estar en el intersticio de los idiomas que la habitan. 

*

Estoy leyendo “Angst” de Hélène Cixous. Esta edición está traducida del francés al inglés por Sophie Lewis y fue publicada por la editorial Silver Press. Existe una traducción previa a ésta, publicada en los 70s, pero ya no se encuentra disponible. Sarah Shin, la editora de Silver Press, consiguió los derechos de la obra para re-traducirla al inglés y lanzó la nueva edición hace un par de semanas. El libro tiene 267 páginas, con letra Joanna Nova. La covertura del libro es de color negro, y como todas las ediciones de Silver Press, lleva por ilustración el título de la obra y el nombre de la autora en blanco, sobre el monocromo que le distingue. 


Este libro es el más grueso con el que he cargado en la bolsa desde que llegué a Londres. A las pocas semanas de aterrizar aquí, compré “the sea the sea” de Iris Murdoch, pero ese mazacote no ha salido de paseo, y quizás por eso no he pasado de las primeras cincuenta páginas. Lo cierto es que ese libro, junto con “Cumbres Borrascosasen su idioma original, son los dos caprichos de libros pesados que me he permitido para esta temporada. El resto de la biblioteca recientemente adquirida consta de libros pequeños, delgados, o pequeños y delgados; una biblioteca esbelta que facilita las mudanzas –van ocho en nueve meses– y las lecturas en el transporte público. Quizás por azar –no me detengo a averiguarlo– los libros que me han acompañado en el último mes fueron escritos en otro idioma. ‘Otro’ para decir ‘no el mío’, pero tampoco ‘el de aquí’.  


Me siento a pensar en esto. También camino. También me acuesto. Hay algo aquí que pide que me detenga y cambie el ritmo y dirección de lo que estaba pensando—del río de cosas con caudal misceláneo que lleva nociones entrecortadas, escenarios imaginarios, múltiples voces y canciones en versión popurrí. Me pide alejarme del río y adentrarme a un espacio diferente. Todavía no reconozco del todo las características de este espacio mental, pero aquí hay silencio. Y con esto me refiero a que no hay palabras que rápidamente construyan una respuesta. En este espacio convive el intersticio lingüístico al que antes me refería, pero lo que sea que me pide entrar a él cuando pienso en mis libros traducidos, se siente como un llamado más lúcido—una invitación más que como una rendición.


Pienso en los libros escritos en otro idioma, y en el inglés como el punto de encuentro. Pienso, también, en las mudanzas, y en que tengo pocos objetos que me ayuden a sentir que un nuevo espacio puede ser mi casa. No es la primera vez que cargo libros como talismanes, pero sí es la primera vez en que aprecio su labor de salvaguardas para mi sentido de pertenencia, al menos de forma evidente. 

*

Quiero saber cómo hacerle reverencia al mundo. Cómo practicar la veneración, como una rendición abierta, a todo lo que este mundo tan complejo implica. Y me pregunto, cómo es que puedo sentir devoción, por un lugar en el que se gesta, también, el sufrimiento. 


Alguna vez escribí que aprendí a sembrar altares en macetas heredadas, porque quería dedicarle flores a mis abuelas, pero no tenía un terreno firme, ni las semillas de sus jardines. Solamente tenía la maceta blanca con azul que había heredado de una de ellas.


Entre mis decisiones y las circunstancias, no he podido procurar plantas en este viaje. Si acaso, traje a mis hogares ramitos de narcisos que florecieron en invierno. En esta isla, en esta ciudad, la llegada de los narcisos es una premonición del sol en los días más grises, como si sus rayos no pudieran traspasar las nubes y entonces la tierra nos diera un eco visible de esa fuerza. Los daffodiles, en especial los amarillos, con su corona doble, parecen astros miniatura en medio del pasto. Están en los parques y en las calles, y las florerías venden casi una docena por tan solo £1. 


Después florecen los cerezos. Anteceden, por poco, a la temporada de jacarandas en México. Ambos árboles no son nativos de estas tierras, pero la gente los abraza con agradecimiento, a veces literalmente. Y por ‘la gente’, me refiero a mí, que prensé un cerezo con los brazos en medio de Battersea Park, cuando necesité un confidente de aquello que ni yo entiendo. 


Para las fechas de pascua, los narcisos se han marchitado y los cerezos han terminado su floración. Junto a una ventana de la octava casa, con vista a edificios de ladrillo rojo y un cielo plateado, escucho a Arvo Pärt, Spiegel im Spiegel, y pienso que la biblioteca breve aquí ha sido mi propio jardín, y que, mientras los libros me dan tierra, la música me da aire. 




 
 
 

Entradas recientes

Ver todo

1 comentario


Lucida narrativa de un encuentro - desencuentro visto con mirada fresca y mente aguda. Muy buena autora, aunque un poco a la deriva en su remate

Me gusta
bottom of page