La venganza de la banda

Majo Peón



21 de mayo del 2021.

4:30 am.


Dicen que es la madrugada cuando uno se hace las mayores preguntas existenciales. Quizá tiene que ver con que el cansancio baja la cortina de la racionalidad absoluta y nuestra mente se desenvuelve como desarmadillo, dejando vulnerables nuestros miedos, angustias y profundos deseos de respuestas que no obtenemos en la cotidianeidad.


Esta madrugada, mi cabeza se volvió turbia de ideas, preguntas y dilemas, cuando una banda de sapos se hizo escuchar en el jardín. Durante la tarde había llovido, mucho y muy fuerte, por lo que era de esperarse que, en plena Ciudad de Mérida, en un jardín lleno de plantas tropicales y un ojo de agua con nenúfares, esta especie se sintiera cordialmente invitada a cohabitar y pasar el rato. Un tipo de “hotel boutique 5 estrellas en Trip Advisor” en medio de una mancha urbana en expansión, supuestamente “blanca” pero finalmente más gris que otra cosa en medio de la selva baja yucateca.


A principios de la noche fue divertido. Recordé que, cuando se hizo el jardín y se llenó de plantas (como el Edén) mi papá había querido tener ranas en el estanque, pues le recordaba a su niñez en esta misma ciudad, cuando llovía y se formaban charcos y se escuchaba este canto de un animalito que pretende ser un presagio de que el ambiente es sano; “el termómetro de la naturaleza” le dicen a las ranas… “solo aparecen cuando hay equilibrio en el ecosistema”. ¡Qué bendición que estén en mi casa!


Le conté a mi mamá lo que estaba sucediendo, el estruendo de los ronquidos que resonaban en toda la casa y hasta el último rincón (probablemente del vecindario), y no le pareció tan divertido como a mí… le mandé una nota de voz y me comentó que le parecía insoportable, y me metí a dormir en mi hamaca casi con risilla del escándalo de nuestros pequeños-y-mojados huéspedes. Supongo que estaba tan cansada, que me quedé dormida enseguida con el sonido de fondo.


A las 3:30 de la mañana se le había quitado toda diversión a la situación.


Desperté de un sueño angustiante, bastante tonto y sin importancia, en el que mi hermana manejaba un camión de escuela, y dentro de éste se peleaban los y las alumnas (cabe aclarar que una de ellas era yo). Fui regresando a la realidad poco a poco y me sorprendí de haber pasado tantas horas dormida con semejante taladro en el tímpano. Eran los sapos. No habían descansado en la noche, y, por lo visto, no querían que nadie más lo hiciera. Mi hermana me había dicho hace unos años que la rana era mi animal espiritual (no sé quién se lo dijo o en qué se basó).Si este era el caso, ahora me odiaba a mí misma.


Mi primera fuente de malestar y obsesión en los pensamientos fue imaginar a los vecinos en mi puerta al día siguiente (o más bien el mismo día, pero más tarde), reclamándome el volumen tan intolerable de “la banda” (así les llamaremos de ahora en adelante, a falta de mi vocabulario ecológico que me limita a “parvada” para grupo de pájaros, “manada” para grupo de mamíferos de cierto tamaño, “cardumen” para los peces, pero no encuentra una denominación para “grupo de sapos nocturnos”). Me daba mucha pena esa futura entrevista, donde me imaginaba diciendo “tienes toda la razón, Guillermina, en efecto, fue insoportable, estoy viendo cómo resolverlo o a quién llamar para que controle esto y no ocurra de nuevo…” Y en eso un nuevo pensamiento nubló por completo mi mente: ¿quiénes éramos nosotros para hablar de plagas y control de estas?


David Attenborough, naturalista inglés, dice que el ser humano es la plaga de este planeta; y creo que sobran argumentos para entender su punto de vista y razonamiento al declarar tal cosa. En nuestro enorme egocentrismo, hemos recortado los espacios para aquellos seres del mundo-más-que-humano sin ninguna concesión o consideración. Así como la maldición del Rey Midas, en los últimos cientos de años hemos contaminado todo lo que tocamos (incluyendo los unos a los otros), y solo algunos nos han regresado el título de “humanidad” con su arte, poesía, descubrimientos, curiosidad, muestras de amor incondicional, enseñanzas espirituales, etc. No quiero ser pesimista, y tampoco catalogar al ser humano bajo una misma etiqueta de “destructor”, pero últimamente los números han hablado por sí solos, y es innegable la degradación del ambiente a causa de la actividad humana, su ambición antropocéntrica de satisfacción material a cualquier costo y psicosis colectiva de mirada miope hacia el futuro.



Volviendo a mi situación (casa, la banda, hamaca, insomnio inducido, angustia de molestar a vecinos), me sumergí en un vórtice de preguntas desagradables (les llamo así porque también admito que cada vez nos da más flojera pensar… nos resulta incómodo y agotador) sobre aquello que me estaba tratando de enseñar la vida durante la madrugada de ese 21 de mayo. Me fue imposible volver a dormir, y empecé a contar con reloj la duración de los periodos vibratorios del “canto” de la banda. Cinco minutos seguidos de taladro, intermitente, traslapado, agudo, compartido. Ocho segundos de silencio total que ni los pájaros madrugadores de las 5 am (ya habíamos llegado a esa hora) se atrevían a irrespetar.


Me volví consciente de mí misma, y de lo incómoda que estaba frente a esta situación: el ruido, la falta de sueño en medio de una semana laboral cargada y futuras represalias (ojalá que únicamente verbales) de los vecinos por compartir la desgracia del insomnio impuesto por la banda. Me sentí con ganas de salir al jardín, encontrarlas, y acallarlas; de repente, todos los discursos que le he dado a mis alumnos sobre “la importancia de reconectar con la naturaleza” “sus ritmos y lenguajes bellísimos” “nuestra necesidad de aprender a abrazar el caos y el equilibrio auto dirigido del ecosistema” me parecieron terriblemente incongruentes e hipócritas con mis profundos deseos de que los sapos “agarraran sus cosas” y se fueran a otro lado a roncar. ¿Qué no es ese un clásico comportamiento del ser humano frente a la naturaleza?, ¿el separarnos de manera deliberada y sistemática, pensando que hay espacios divinos para el humano y todo-lo-demás que quepa en otra parte?


Me sentí terriblemente claustrofóbica al verme encerrada en esa disyuntiva: me alegraba escuchar a la banda, en el mismo lugar que nosotros, reconquistando el espacio robado (y no compartido), regalándonos ocho segundos de silencio por cada cinco de alboroto sonoro, enseñándonos una lección: “¿por qué te molestas con mi ‘canto’ si ustedes hacen ruido todo el tiempo, y no descansan? ¿acaso nos quieren quitar también nuestra desinhibición decibélica? No me quieres aquí… ¿entonces a dónde nos vamos? ¿a qué charco alejado? ¿a qué confeti de tierra? ¿a qué fragmento de selva?... ¿dónde no te molesto? ¿dónde no turbo tu descanso de tu tan ajetreada vida en la que no tienes tiempo ni para detenerte a verme o contar mis silencios o reírte de mis ronquidos u observar las vibraciones del agua que me rodea, provocando ondas circulares?”


Hace poco leí un libro que me prestó una tía muy cercana: Sobre los huesos de los muertos de Olga Tokarczuk, que trata de un poblado perdido en la provincia montañosa de Polonia, donde una mujer adulta se percata de que la naturaleza (particularmente los animales) comienzan a vengarse de la crueldad humana de los pobladores de una manera muy misteriosa (es un thriller medio metafísico-hippie extraordinario… realmente lo recomiendo). Y no pude quitarme la historia de la cabeza. Sin duda alguna, una llamada de atención.


¿Estoy cansada? Efectivamente, ¿sobrepensando? Indudablemente. ¿Pero por qué a mí? ¿Por qué vinieron a llamarme la atención a mí? ¿Por qué me quitan el sueño a mí? Si en mi día a día hago todo lo que puedo por reconectar conmigo misma, con el otro y con Lo Otro. ¿Será porque mi animal guardián me conoce, y sabe que me enredo en mis preguntas? ¿Será que percibe que tengo la horrible costumbre de antropomorfizar y nutrir de sentimientos humanos a aquellos que no lo son? ¿Será una simple casualidad que un grupo de anfibios encontrara un espejo de agua con plantas tropicales en media ciudad, después de una lluvia calurosa?


¿Se está vengando la banda, y ha venido a contarme?

Fotografía de Grace Evans en Unsplash.