top of page

La sospecha de ser falsa

  • hace 3 días
  • 5 min de lectura

Mariel Argote


Vivimos en guerra. 


Una guerra que no siempre suena a bombas ni a balas, pero que se filtra en el aire  que respiramos: gobiernos que siembran odio, algoritmos que alimentan el miedo,  medios que nos enseñan a desconfiar del otro. Lo más peligroso de esto es que nos lo creemos. 


Compramos esa narrativa del caos, participamos sin saberlo, y la reproducimos desde nuestras propias heridas. Porque mientras afuera se libra una batalla por el poder, adentro también hay guerra: una lucha sutil, persistente, contra nuestra propia voz, contra la ternura, contra la posibilidad de vivir desde la presencia. 


El ego, el miedo, la vergüenza, también son formas de violencia. Esas micro  agresiones internas y externas que muchas veces no reconocemos como tal, pero que   desgastan. No necesariamente se trata de gritos o de golpes, sino de modos más sutiles en los que se violenta la paz, la conexión o la verdad. ¿Cuántas veces exigimos a  nuestros hijos que hagan algo de inmediato o a la fuerza, en vez de darles un espacio para  entender el porqué?, ¿cuántas veces caemos en competencias sociales en donde  queremos validar nuestro valor en función de logros, dinero o estatus, y desde ahí  sentirnos superiores o inferiores?, ¿Por qué nos quedamos en un trabajo o en una relación  que ya no vibra con una misma solo por miedo a perder estabilidad? Hoy lo veo, y lo reconozco en mí, e intento no perpetuarlo. 



Hace unos días, en un grupo de WhatsApp, alguien mandó un meme burlón sobre el despertar espiritual. Decía algo como: “La que antes vomitaba de borracha ahora medita a la luz de una vela acompañada de cuarzos.” Risas. Reacciones. Y alguien dijo  mi nombre. 

Me reí por fuera, pero por dentro, sentí un vacío en el estómago. 


La sospecha que me detonó, me atravesó lo suficiente para que la voz de la duda se colara por una rendija. Mi mente comenzó a crear todo tipo de pensamientos, uno tras otro: Tal vez parezco una burla, no debí compartirlo en mis redes. No, sí soy más  espiritual, pensaba para mis adentros, sí lo siento, sí soy otra. ¿Por qué no me están  tomando en serio? ¿Es que no son mis amigos? ¿Por qué no me están reconociendo y validando? ¿Será que tienen razón? Es verdad que hay partes de mí que todavía no están alineadas con la paz que predico. Me enojo en ciertas ocasiones, también me  contradigo. Quisiera contestarles que es porque estoy aprendiendo y a veces actúo como si ya supiera. 


Toda esa situación me invitó a echarme un clavado a mi corazón, y, con juicio, me  pregunté: ¿Quién soy yo para hablar de conciencia si aún me habitan sombras y sigo  esperando la validación externa? Respiré profundo, cerré los ojos, me calmé y comprendí que no necesitaba que los demás entendieran lo que estoy sintiendo. Entiendo que todos tenemos un camino distinto, y todos enfrentamos esta realidad tan dura de formas diferentes, algunos meditando y otros haciendo bromas y riendo. No hay  una manera correcta de hacerlo, o que genere más valor en unos que en otros , ya que  el valor de cada persona está en el simple acto de existir. Y con esta reflexión, la voz de la duda se fue escuchando cada vez más y más lejos. 


He ahí la dureza de la realidad, basta sentarse los primeros 10 minutos del día a desayunar frente a la televisión, en donde el noticiero lanza una ráfaga de noticias que te conectan con sentimientos de desconfianza, injusticias, tristeza, miedo, rabia. Esas noticias que no necesariamente nos conectan con la verdad, sino con una narrativa diseñada para mantener la vibración baja. Dentro de nosotros también sucede, el miedo nos hace reaccionar, el ego competir, la inseguridad nos hace consumir. Es por eso que  la forma en la que puedo encontrar el balance entre la luz y la sombra en mi interior es  sanando mis propias heridas, cuestionando mis creencias, reprogramando mi mente,  pero sobre todo, conectándome conmigo misma. Sí, acompañada de la luz de una vela y de mis cuarzos. 


Hay días en que esa voz me dice que soy incoherente y con reflectores me muestra  que sigo temiendo el juicio ajeno, y peor aún: el propio. Esa voz que me recuerda que, mientras niños mueren en guerras que el mundo observa en silencio, mientras cuerpos se quiebran bajo el sol caminando kilómetros para cruzar una frontera con la esperanza apenas sostenida, yo estoy aquí preguntándome si estoy “alineada y en coherencia”. Y me acusa, con frialdad que se disfraza de lucidez: tú no mereces este  camino. 


Hoy entiendo algo, hay belleza en el intento de sanar. Belleza en sostener la  incomodidad, no para huir, sino para mirar de frente lo que no queremos ver. 


Belleza en querer ser inspiración no desde la perfección, sino desde la  vulnerabilidad. 


Porque cuando comienzas un despertar espiritual —no el de Instagram, no el de frases bonitas—, sino el real, el incómodo, el que te sacude, empiezas a ver que no hay  "otros", sino que todos somos uno. 


Y si todos somos uno, actuar desde el amor ya no es un ideal, es una necesidad. Y  ese amor —aunque imperfecto— puede salvar el mundo. O al menos, el mundo  inmediato en el que vivimos como comunidad. Y por ahí se empieza. 


Si para cambiar mi entorno inmediato, tengo que pasar por la sospecha  de ser falsa, por la burla, por la contradicción, por el temblor de no tener certezas entonces que así sea. Porque este temblor también es real. Y esta búsqueda por  evolucionar, aunque imperfecta, también es un acto de resistencia a este sistema y estas programaciones que nos mantienen en miedo, en tristeza, en celos, en  desconfianza de nuestro prójimo, y por consecuencia, en guerra.


Lo más difícil no es el juicio ajeno, sino la trampa que aprendimos a  repetir: ¿Por qué contagiarnos los unos a los otros invalidando a quien quiere mejorar?  ¿Por qué exigirle pureza a quien solo está intentando sanar? ¿Por qué creer que ser  espiritual es ser perfecta, como si lo contrario fuera hipocresía? 


Yo también habito emociones de miedo o de competencia, no pretendo fingir que  vivo en una burbuja de paz, acepto que dentro de mí también hay violencia cuando me dejo arrastrar por la ira.  Una parte de la experiencia espiritual es reconocer que somos parte de algo más  grande y que venimos a esta vida a evolucionar, es atreverse a mirar estas emociones y  reconocer cómo actúan en cada uno de nosotros, y decidir no dejar que nos controlen.   Llevar una vida espiritual no significa  ser impecable, sino ser honesto. Es aceptar que todavía reaccionas, que no siempre eres paz, que estás aprendiendo. 


Y eso no me hace falsa, me hace humana en constante movimiento. Me  tropiezo, aprendo, sano y sigo. Elijo ser consciente. 


Tal vez la reconciliación con la dureza y la belleza del mundo empiece por aquí, en  reconocer las sombras como parte de mí, porque cuando soy consciente de ellas, cada  experiencia retadora deja de ser un campo de batalla y se convierte en un espejo que  me muestra dónde sigo reaccionando, y dónde puedo elegir responder desde la  conciencia. Ese simple acto de elegir, me da una sensación de libertad, que es en sí  misma, la felicidad. ¿Y no es eso lo que todos buscamos: ser felices? 


Si más personas se sintieran o fueran felices, la respuesta colectiva cambiaría drásticamente, y así también el caos inherente en el que habitamos.


 
 
 

Entradas recientes

Ver todo

Comentarios


bottom of page