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Hace tres años

  • hace 3 días
  • 5 min de lectura

Alma Jessica Triste


—¿Por qué no intentas dar un paso al frente?


Así lo hice. Me acerqué al marco ovalado con un impulso torpe, con los ojos bien abiertos, como quien quiere capturar en una mirada la realidad entera. No distingo nada más que una superficie luminosa, opaca, de un tono plateado y rodeado por un contorno de flores talladas en madera.


—¿Lo ves?, ¿lo ves ahora? Ahí está. Míralo cuanto quieras, yo no me canso de verlo.


Yo sigo sin distinguir nada. 


Hace cuatro días, Araceli llegó a mi casa para contarme que había encontrado un espejo mágico. Así, como en los cuentos de hadas y las historias fantásticas. Cómo que un espejo mágico. Sí, te lo juro, puedo verla ahí, ¿me entiendes? Veo a Lucía, frente a mí, como cuando la llevé a ver esa película hermosa sobre bailarines y me atreví a besarla por primera vez.


No. Es imposible. Es imposible que Araceli pudiera verla reflejada ahí. Hace casi tres años que no sabemos nada de ella. Lucía desapareció pocos días después de esa cita en el cine, donde descubrió que estaba enamorada y que por primera vez se atrevía a decirlo así, directo, sin dudas. 



Se conocieron en el Jardín Etnobotánico de Oaxaca, donde Lucía guiaba a grupos de turistas y curiosos por las diversas especies de plantas. Se erguía orgullosa y firme para describir el valor de cada flor y cactácea, con la maestría de quien canta la misma canción una y otra vez, y añade en cada ocasión un grado más de intimidad, confianza y soltura. Araceli visitó ese jardín por casualidad, acompañada de varias amistades que prometieron ir a bailar después del tour. Fue un flechazo, como la punzada de un aguijón de abeja en verano. Araceli sintió un deseo ardiente por acercarse a ella y preguntarle lo que fuera, solo para saciar su anhelo incontrolable de voz, miradas, cabello castaño a los hombros y un aroma de jazmín.


—¿Cuáles te gustan más?


—Las magnolias y también el cempasúchil, pero ninguna flor me encanta tanto como los mayitos.


Los mayitos, este marco está repleto de ellos. ¿Qué es esto, Araceli? ¿De dónde lo sacaste? Te digo que lo encontré, es una larga historia pero, fue, ya sabes. Titubeaba, todo en ella se conmovía como en un espasmo de llanto. No pude evitar notar que sus uñas, su cabello y su piel se tornaron grises, sin vida. Araceli me parecía, en ese instante, una flor marchita en el asfalto, dispuesta a ser el suelo de una lluvia sin fin.


—Pero ven, que no entiendes, acércate más. Anoche me quedé mirando este espejo y me di cuenta de que ahí estaba, era mi Luci, con sus aretes de caléndula y su mirada tierna. Siento que puedo alcanzar su perfume y tocarlo y sentir todo de ella, como esa noche. Y por eso no me canso de mirarlo, ¿sabes? No sé cómo funciona, no sé, siento que de algún modo me buscó, porque ella está aquí. Sí, ¿lo ves?, ella está aquí, siempre ha estado aquí conmigo.


Y por eso no la hemos encontrado. Es a lo que Araceli quiere llegar. Entiendo de muchas formas que trata de decirme que en esa superficie opaca, como de aluminio o cobre, ella ha logrado resguardar sus recuerdos más preciados de Lucía. Entiendo que está cansada de pasar cada martes y jueves alargando una búsqueda que no acaba. ¿Dónde estás, Luci? Lo último que registramos de ti fue un beso, apenas un suspiro de un amor recién descubierto entre tú y Araceli. ¿Y luego?, ¿qué pasó?, ¿a dónde fuiste? Tomaste un tren a casa, antes de que la estación cerrara, con el tiempo calculado para llegar poco después de media noche. Después de eso, nada. El silencio, el agudo silencio de la angustia, de andar a ciegas sin saber en qué momento, en qué minuto de la noche algo derivó en tres años sin saber de ti. ¿Qué cronómetro mide el tiempo de ausencia y el dolor que lo acompaña?


—Es que, querida, no veo nada ahí.

—Tal vez no quieres verlo o tal vez solo a mí me deja encontrarla.


Tomé dos tazas de té con Araceli y después la acompañé al tren de regreso a casa. Me quedé con su espejo rodeado de mayitos y prometí llevárselo el viernes. Hoy es miércoles, está nublado y el aire se siente frío como en invierno. Caminé sobre Insurgentes por más de media hora, necesitaba pensar y templarme después de la visita de Araceli. ¿Qué fue todo eso? Siento que mi propia mente me engaña al no encontrar algo que ella me muestra con infinita certeza. Pero, al fin y al cabo, ¿de qué se trata la ausencia?, ¿en qué momento aceptamos, sin recelo, que alguien que amamos ya no está?, ¿de qué forma se concilia la vida con ese hueco? No creo que sea tan fácil y estoy segura de que el tiempo no basta. 


Lidiar con la ausencia se trata de aprender a vivir con la consciencia de que algo falta. Y la forma en que varía entre una persona y otra es cómo cada una se siente ante ello. Día a día, miles de personas mueren y desaparecen, muchas de ellas sin dejar un rastro o una pista por seguir. ¿Y a dónde van?, ¿dónde se resguardan todas esas voces?, ¿en dónde queda toda esa vida que de pronto ya no está? Quienes nos quedamos a presenciar los días después de esa noche crucial, de esa primera llamada sin responder, de ese hormigueo inevitable que te dice ‘algo está mal’, entendemos que nunca nada vuelve a ser igual. Que sí, se puede vivir con ello, porque al final es lo que hacemos, pero solo es así porque no hay otra alternativa. No podemos detener el tiempo, no hay forma de regresar los días y volver hasta ese jueves de hace tres años, y esta vez no dejarte ir, Lucía, y pedirte que mejor vengas conmigo, que puedes dormir en mi casa, que podemos ver otra película, si tú quieres, y que te tengo una sorpresa en el escritorio, de un espejo de mayitos que tallé para ti. ¿Quieres verlo? Ven, míralo, por qué no intentas dar un paso al frente y lo miras más de cerca.


—Las magnolias, a ti te gustan las magnolias y el cempasúchil. Te gustan las flores del jardín en que trabajas. No te gusta el sabor del té cuando está frío y, por eso, yo lo bebo por ti. Siempre dos tazas de té, por ti y por mí, porque sé que estás aquí conmigo, sé que eres tú, y te veo todo el tiempo.


Antes de dormir, cubro el espejo que tallé para ti. Y sé que mañana tal vez no recuerde qué es esa superficie opaca que no refleja nada y que dejo frente al armario, como un amuleto. Y hoy, esta noche, puedo dormir con la certeza de que viniste, que hice té para las dos y caminaste conmigo por la calle.

Te ama, para siempre, 

Araceli.


 
 
 

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