Entrevista a María-Milagros Rivera Garretas

Mariana Abreu Olvera



María-Milagros Rivera Garretas es madre, abuela, escritora, catedrática de la Universidad de Barcelona e investigadora del Centre de Recerca Duoda. Ha contribuido a la fundación de este centro de investigación, de la revista Duoda, de la Llibreria Pròleg de Barcelona, de la Fundación Entredós de Madrid y de la Biblioteca Virtual de investigación Duoda.


Algunos de sus libros son Textos y espacios de mujeres (1990), Nombrar el mundo en femenino (1994), El cuerpo indispensable (1996), El fraude de la igualdad (1997), La diferencia sexual en la historia (2005), El Amor es el Signo (2012), Emily Dickinson (2016), La reina Juana I de España, mal llamada La loca (2017), Sor Juana Inés de la Cruz. Mujeres que no son de este mundo (2019) y El placer femenino es clitórico (2020), sobre el cual hablamos en esta entrevista.


En El placer femenino es clitórico María-Milagros Rivera muestra lo que el título mismo dice y hace un recorrido por las expresiones que las propias mujeres han hecho de este placer a lo largo de la historia. Es un libro que enseña una verdad de las mujeres que nos llega a través del alma y se siente en el cuerpo de forma inseparable.



México-Madrid, 14 febrero 2021.


1. Usted plantea en su libro que el placer femenino es más importante que la república, que la cosa pública, y que el placer femenino es tan importante o más que la libertad. ¿Cómo concibe usted tanto el placer como la libertad? ¿Cuál es su lugar en la vida y en la política?


El placer femenino es más importante que la república, que la cosa pública, sí. Solemos interpretar el mundo al revés. En vez de interpretar el mundo y la propia vida empezando por el principio, que es el sentir, sentir vivido en la relación primera con la madre al aprender el mundo aprendiendo a hablar, usamos pequeñas muletas y pequeños andamios, como el conocimiento universitario, la ciencia o las ideologías, que vienen siempre en segundo o tercer lugar. Así, nos dejamos lo esencial, que es el propio cuerpo, la propia experiencia de ser cuerpo, el cuerpo indispensable. En la presentación en Italia hace unos días de El placer femenino es clitórico, la teóloga Antonietta Potente habló de la alegría y el goce del alma corpórea. Es el placer lo que viene primero, lo que nos hace crecer, desarrollarnos, desear seguir vivas. Y el placer femenino es clitórico, porque toda niña nace clitórica y, si nada lo impide, clitórica permanecerá a lo largo de toda su vida. La clítoris no tiene otra función. La república viene muchísimo después y es, en comparación, insignificante. Lo que pasa es que el patriarcado, donde y cuando existió -nunca ocupando ni la vida ni la realidad enteras-, interpuso la cosa pública entre la existencia humana y lo político, con el fin de naturalizarse, de imponer un régimen de dominio violento sobre los cuerpos, en primer lugar el cuerpo de las mujeres y, en segundo el de los hombres, aunque ellos no se quieran enterar.


En cuanto a la libertad ¿de qué me sirve la libertad si no siento placer, si el placer o su deseo no impregnan mi vida? Sin placer, la libertad se desencarna y acaba resultando descarnada, fría, abstracta, sin entrañas, sin alma corpórea. Para que la relación sea verdaderamente una práctica, necesita del sentir, del sentir placer en esa relación concreta, en todas. El placer es lo que más nos une a las mujeres; y es siempre carnal y del alma al mismo tiempo, inseparables.


2. Usted ha hablado mucho en este y en otros textos y espacios sobre la importancia de las relaciones entre mujeres y de la política de las mujeres, que es distinta de la política de los hombres. ¿Cuál es su concepción de las relaciones y la política de las mujeres?


Para mí, y para otras muchas que conozco, la política de las mujeres es la práctica de la relación y la palabra. Para estar bien, a gusto, no para resolver problemas ni para conquistar el mundo. De nuevo, el placer viene antes, está siempre antes. Deseo relacionarme con otras para sentirme bien, gozando de la relación, la relación sin fin, por el gusto de estar en relación. En el goce de estar juntas las mujeres es donde, después, resolvemos los problemas y aprendemos a conocer el mundo y a vivir en él, sintiéndolo y nombrándolo, sin objetivarlo, sin dominarlo ni encasquetarle definiciones que hay que imponer por la fuerza. En el goce de estar juntas, las mujeres gobernamos con Amor. El propio cuerpo femenino sugiere e insinúa la relación, porque nace con una facultad suya propia que es la capacidad de ser dos, de albergar a otro ser dentro de sí, tanto si ella desea ser madre como si no. Ella conoce la alteridad pura y la disfruta: este es para mí el principio de la política de las mujeres. Del sentido profundo de la alteridad deriva la práctica de la relación, que es, como he dicho, una fuente de placer o no es: sin placer no es una práctica real sino abstracta, sin alma corpórea. Las mujeres rompemos las relaciones no porque haya conflictos, que los hay y los ha de haber y enriquecen, sino porque el dolor suplanta al placer; por ejemplo, cuando la envidia entra en esa relación. La envidia expulsa el placer y expulsa el amor, que es siempre amor de algo otro, otro que está en primer lugar dentro de mí. María Zambrano llamó a la envidia “mal sagrado”, precisamente porque custodia la alteridad. Así, habló como la mujer que era, depositaria del sentido puro de lo otro. Para los hombres, en cambio, hoy por hoy, la alteridad, lo otro, no son fuente de placer sino posible y probable objeto de conquista, de dominio. Los hombres han inventado el narcisismo, no nosotras. El dominio degrada, a quien lo sufre y a quien lo ejerce, enseñaba Simone Weil, porque petrifica, anula el placer, anula el deseo, anula la relación, empobrece la vida del alma corpórea, degrada el más que generan las relaciones no instrumentales. En el dominio masculino no hay, en realidad, política; por eso hablan continuamente de política, para acallar y tapar su confundir constante del poder con la política. Por eso la política es la política de las mujeres.


3. También ha hablado mucho de la autoridad femenina. Ha puesto como ejemplo reciente muy importante el movimiento #MeToo, como una manifestación de autoridad que ha hecho frente al poder, a través de la palabra. ¿Podría contarnos un poco más de esto?


El movimiento #MeToo es una de las insignias del final del patriarcado precisamente porque ha desenmascarado el contrato sexual mediante la autoridad femenina. Fíjate que no ha hecho frente al poder: se ha limitado a dejarlo al desnudo, a no darle crédito alguno, atreviéndose a decir la verdad. Y el poder se ha desmoronado solo, incluso su subproducto más asqueroso y delictivo, que es el incesto. La autoridad femenina se ha impuesto, se ha impuesto por sí sola. ¿Cómo? Haciendo evidente, dejando claro, sencillamente mostrándose, que la palabra femenina se sostiene por sí misma, no necesita de pruebas ni de indicios ni de ordalías ni de juramentos ni de careos ni de antinomias: se sostiene por sí sola, sin andamios, como la verdad de las mujeres. Porque la lengua es precisamente materna. Porque la autoridad femenina no es un producto ni un objeto. Es un más, el más que generan las relaciones, cuando lo generan. Es un más que existe en tanto que circula, de modo que nadie es la autoridad, ha escrito Lia Cigarini. En realidad, la autoridad es de quien la reconoce como tal y es capaz de acogerla; lo digo porque a veces la reconocemos, nos damos cuenta de que otra la está generando, pero nuestra alma corpórea está tan fastidida que no es capaz de acogerla; y la autoridad se pierde, pasa de largo, decae. Es muy muy importante no convertir la autoridad femenina en una mercancía ni en un monumento. La madre, manantial de autoridad, no mercadea jamás con ella, ni la define, ni la objetiva, ni la exige: la deja ser, circular. Por eso tiene poco sentido que una mujer se queje de que no le reconocen autoridad. Puede que no la genere, puede que las que tiene a su alrededor no sean capaces, ahora sí, de reconocerla como el más que es, o por motivos suyos propios no sean capaces de acogerla o la rechacen.


4. En el mundo, particularmente en México, la violencia de muchos hombres contra las mujeres ha cobrado una brutalidad sin precedentes. El caso más reciente en nuestro país ha sido el feminicidio de Mariana, una joven médica que había denunciado que uno de sus compañeros la acosaba. Sus superiores no solo ignoraron la denuncia sino que además la obligaron a permanecer en el programa y a vivir en condiciones inhumanas. ¿Cómo comprende usted el repunte de la violencia de tantos hombres contra las mujeres? ¿Qué hacer frente a esta violencia y a la vez continuar la búsqueda y el hallazgo de la libertad, del amor, del placer?


Para mí, en este momento, veinticinco años después de la toma de conciencia del final del patriarcado, lo más importante es hallar la libertad, el amor y el placer en primerísimo lugar. No al lado ni después de actuar contra la violencia machista. Entrar como señoras del juego, las señoras del juego que somos. Con la conciencia pura, inviolable, de que el placer viene siempre antes. El placer femenino es puro, no lo contamina nada, ni la violencia machista. La prueba es el propio aumento de la violencia y su repugnante brutalidad, que incluye a veces, significativamente, el suicidio del asesino, que se debería de haber suicidado antes. El hombre machista está desesperado porque las mujeres ya no nos sometemos al contrato sexual, fundamento del patriarcado; contrato que, a las jóvenes, ni se os ocurre ya que exista. Su violencia de ahora es un mal terrible y es un mal menor. Vale la pena sostener esta paradoja, que no es una contradicción de términos. La violencia machista es un mal menor propio de muertos vivientes. Por eso escandaliza. Por eso no conoce límites. El final del patriarcado ha dejado a los hombres sin ley, y algunos -demasiados- han vuelto a la condición infrahumana. Su antídoto es la grandeza femenina. La grandeza femenina sabe esquivar, no confrontar, sabe jugar con independencia simbólica al juego más difícil del mundo, que es hoy, en mi opinión, el hacernos cargo del final del patriarcado que nosotras mismas hemos traído al mundo, dejando expuesta la grandeza femenina. Es la grandeza femenina lo que cuenta.


5. ¿Cómo fue su proceso de escritura de El placer femenino es clitórico? Mientras lo leía sentía que es una manifestación de libertad y de placer muy plena; no ha logrado colarse por ningún lado lo que usted llama la violencia hermenéutica, como usted misma lo reafirma al final. ¿Podría contarnos cómo ha vivido usted la escritura de este libro?


Me gusta mucho lo que me dices porque también para mí la escritura ha sido una manifestación de libertad y de placer muy plena. No me lo esperaba en absoluto, porque la escritura tiene, si hurga en lo profundo, si intenta conectar con el sentir propio, una parte de puerta angosta, de embudo estrecho por el que no parece que pueda caber la experiencia viva sin muchos apretones y, precisamente, angustias, angosturas. Yo empecé con la idea de seguir el rastro de La donna clitoridea e la donna vaginale, de Carla Lonzi, escrito y muy leído y discutido entre nosotras cincuenta años atrás, cuando yo era una joven feminista que estudiaba en Roma. Pero enseguida la escritura se me llevó; se me llevó en un transporte inesperado que me trajo inmediatamente al presente, al ser hoy ya la mujer clitórica la medida del mundo. Y la escritura se convirtió en placer carnal y en una experiencia repetida de la sorpresa de la propia libertad, sin miedo a escribir salvo ante la duda de estar loca, de ser capaz de sostener lo que estás diciendo, lo que tiene que ser dicho por ti. Transporte es uno de los nombres que da Emily Dickinson en su poesía al orgasmo clitórico.


6. Alguna vez la escuché decir que este es el siglo de las mujeres y en su libro afirma que estamos en la Era de la Perla. ¿Qué vislumbra usted para las mujeres en el futuro?


Lo vislumbro en el presente. La Era de la Perla está ya en el Mundo, siendo “Perla” uno de los nombres propios de la clítoris, muy usado por Sor Juana Inés de la Cruz, por ejemplo, y “Era de la Perla” un fragmento de un verso de Emily Dickinson. Hace ya años que las alumnas no se sorprenden en clase cuando hablas del final del patriarcado. La Era de la Perla tiene hoy su medida y su mediación en la mujer clitórica. Es ella la que está trayendo al mundo una cultura de la excelencia femenina que, de nuevo, se sostiene por sí sola como algo incontrovertible, da placer, reconoce el valor de la pureza, de lo incontaminado, de la independencia simbólica de la mujer que no se equivoca de orgasmo, de la inclinación femenina al bien y a Dama Amor. Lo hace como hicieron durante siglos nuestras antepasadas de la Querella de las Mujeres y hacemos nosotras ahora a nuestra manera. Siempre inspiradas en el beso de Mummu Tiamat, en la Luna en superior convexo de Coatlicue, en la espiral doble de Laia la Arquera de la Luna, en la opulencia de Ops Consiva, en la pureza de Andra Mari, en la mántica de María de Nazaret y María de Magdala…, todas ellas capaces de concebir cuerpos sin coito y conceptos sin falo en la genealogía universal de las Tres Madres.

María-Milagros Rivera Garretas


Fotografía de Mariana Costa Villegas