Sobre manos, secretos y desobediencias. Una carta para la abuela

Ale Moreno Buendía



Esta hora es mi favorita, la luz es naranja y entonces todo se vuelve más tímido y silencioso. A las seis de la tarde mis manos están quietas. Reposan en la mesa y las miro como si fueran dos paisajes que no conozco. Se parecen tanto a las tuyas que fueron dos nidos, dos mares, dos soles. Si estuviéramos de nuevo juntas, probablemente estaríamos sentadas, comiendo junto a mis hermanos, mamá y el abuelo. Probablemente estaríamos saboreando el arroz rojo y viéndonos los dientes al sonreír como lo hicimos por años.


Cuántas veces estuvimos juntas, en silencio, mientras te sentabas a tejer. Era un silencio naranja y brillante como éste. También fuimos de muchas palabras, tantas que nos alcanzaron para contarnos secretos. Claro los tuyos eran más pesados que los míos, llena de vivencias y recuerdos que intentabas de una u otra forma echarles tierra suficiente para enterrarlas de una vez por todas. Esas memorias que se convirtieron clandestinas de las mujeres de tu vida que son heridas y oscuridad en casas sin rejas y calles angostas. Porque el lado oscuro que tiene la luna, aunque no lo veamos, existe. Y al final, somos de ella, hechas de su polvo, su silencio, su lejanía y su peso. En nuestro árbol de la sangre los anillos del tronco están hechos de palabras e historias, y al rememorar las que tenías prohibido repetirlas, para mí los relojes se vuelven a detener porque alguien alzó la mano en un agitar seco en la piel de una de ustedes, no importando los pequeños ríos negros brotando de sus ojos pintados; o cuando el abandono siempre fue la constante en la vida de nuestras antepasadas y aun así había sonrisas, pan y caldo en las mesas para seguir criando; cuando no existía la opción y el aire pesaba en un denso vapor de molestias silenciadas y calores muertos entre una cama matrimonial y los caballitos de madera en los cuartos.


Me parecía normal y entonces esperaba (no deseando, por supuesto) que se repitiera la regla del juego, que llegara aquel destino porque era mujer, como ellas. Los secretos se tornaron más en una guía de lo que vendría, a lo que me enfrentaría. Hasta que abrí las ventanas, oí otras voces parecidas a la nuestra, afuera de nuestra casa. No éramos las únicas, nunca lo fuimos. Hay algo más grande que nos empuja a todas a ese lugar de sufrimientos, palabras clandestinas, cuerpos a medias. Abandonando la inercia, me encontré de niña, en medio del patio, me rodeaba una nube de voces adultas que años más tarde aprendería a señalar y discernir como familiares. De cuclillas me dijiste al oído: no dejes que te sienten en las piernas de ningún señor. Me abrazaste posiblemente para que no se fuera en cachos muy grandes la ingenuidad. Lo entendí hasta muchos años después que pude explicármelo leyendo, conversando y aprendiendo de las historias de otras mujeres.


Quiero romper el espejo que hace que repitamos la historia de esa niña en medio del patio. Este deseo lo he aprendido de ti, porque ahora que te miro a través de los años, estás suspendida en el tiempo, como si un río se detuviera de pronto y yo pudiera acercarme más lento a conocer su humedad y sus peces. Dijiste no tantas veces, queriendo hacer todo diferente, buscabas más posibilidades. Y te veo en mí y este instante de reconocimiento es maravilloso, enciende mi sangre de presente, y vibro de mil formas hasta que mis pensamientos se vuelven ecos como ahora. Comprendo que en tu casa y en tu tiempo, la mudez de las voces afuera era la norma, pero tú hiciste una promesa: lo que viví, no lo quiero para las que vengan. Y ahí está mi madre y ahí estoy yo también.


Recordabas con ternura las historias de tu vida y yo aprendí de ellas muchas cosas, pero lo que más aprendí fue la desobediencia.


Contabas la historia del atrio, en la iglesia cerca de tu casa. A escondidas jugabas voleibol junto con el padre y tus amigas, por encima del cuchicheo de quienes no admitían mirar a un grupo de mujeres brincando, entusiasmadas y sonriendo como cualquier ser. Niña “ruda” de tu tiempo, niña indomable, no dudabas en mostrarles el puño a los niños que molestaban a tus hermanas. Otra historia divertida, aunque al final triste: te fuiste de pinta con tus amigas para ir a nadar juntas a la alberca pública, algo te dijo que en cuanto llegaras a tu casa tu abuela y tu mamá te descubrirían el traje de baño mojado en tu mochila y te regañarían muy fuerte, tus lágrimas no se detendrían esa noche. O cuando tu padre enfermo en el hospital, meses antes de morir, le tuviste que confesar que el abuelo no era tu primo, sino tu futuro esposo, porque dios mío, qué iban a decir. Contabas saboreando el gusto tan dulce de aquellas tardes, después de comer, junto a tus hijos descansabas en la cama leyendo los libros que años más tarde me heredarías. Una vida llena de prohibiciones que fueron limitaciones de tu experiencia porque la niña, joven y adulta que fuiste, no cabían en esas cajitas tan pequeñas que nos heredan en la cultura patriarcal. Pero, esas desobediencias y faltas a esos mandatos se convirtieron en lo más valiosos recuerdos de tu vida. Recuerdos que al contármelos se convirtieron para mí en las mayores enseñanzas.


Es verdad que existe una cadena ancestral de aprendizajes, conocimientos y fórmulas de nuestras antepasadas (¡hay que buscarlas profundamente en lo que nos cuentan las abuelas, las tías, las madres: las mujeres de nuestra vida!) que compartidas o no, se presentan como pequeñas intuiciones, un latido del corazón que nos guía, al momento de hacer frente nuestra propia historia, al momento de contarnos a nosotras mismas. La niña que fuiste tiene similitudes con la niña que fui. Yo amaba patear el balón de fútbol contra el zaguán de tu casa; rompía las muñecas que me regalaban en navidad, me parecían aburridas. Prefería salir, correr, tirarme de rodillas al piso, columpiarme y aventarme hacia el lodo para sentir lo que era la adrenalina y poder volar. Los primeros tenis de fútbol que tuve me los obsequiaste diciéndome: “A mí me prohibieron muchas cosas… tú juega, diviértete, disfruta”.


Abuela, ancestra de dos generaciones, la humana que, junto a mi madre, no permitió que nadie me arrebatara la alegría de rebelarme ― me enseñaste cómo hacerlo― pintándome de verde y morado a lado de otras, construyendo lugares más libres, más habitables. Honro tu existencia y la traduzco en mi libertad de amar, de recontar y de reescribir junto a otras lo que son la vida, el amor, la solidaridad y la ternura. No quiero escribir tu historia porque esa es tuya. Solo quiero encontrarte en la mía, reconocernos cuando comprenda mi historia en lo que fue la tuya. Y sé que están latiendo tan pequeñamente en cada una de mis decisiones, cada palabra que digo, en cada silencio que exploro, en cada lucha; también estás en la fuerza que llevo, en la inteligencia que ejercito y en todo lo que hace de mí esta mujer que te mira al mirar sus manos mientras se cae el sol por la ventana y el anochecer se enreda en los árboles.


Te extraño y te amo, abuela hermosa.


*Balbina García Saldate fue mi abuela materna. Nació en Ciudad de México en 1943 y falleció en 2015. Fue una mujer muy sabia, alegre y bondadosa. Una verdadera compañía, de inteligencia tímida y de vitalidad contagiosa. Tenía un reloj en el corazón que le sonaba en su pecho y una cicatriz que le dividía los senos a causa de una operación de corazón. Sonreía ligeramente, tanto que flotaba. Daba sin esperar nada a cambio, demostraba una eternidad de cariño con gestos pequeños. Cómplice de otras mujeres, ella tenía el corazón frágil. Una amorosa consejera. En las notas del mandado escribía jitomate con g y yo lo adoraba. Coleccionaba postales. Detenía las lluvias de quienes la rodeaban. Mi mujer, junto con mamá, brújula.