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En tierra herida

  • 30 may
  • 5 min de lectura

Pamela Vera


Hoy quiero subir la montaña para despedirme. Quiero que me abra los brazos para darme cobijo. Hoy no la subo como un reto si no con el deseo de que se convierta en un encuentro mortal. 


Normalmente hago senderismo acompañada, pero hoy busco huir de todos, hasta de mis hijas. Estos días he pensado que la vida de mi familia sería mejor sin mí. Me encuentro en esta lucha constante entre querer hacer las cosas bien, el agotamiento absoluto y que también es válido equivocarse. Me dejo guiar por lo que leo en los libros de maternidad y lo que escucho de otras madres. Que las niñas duerman doce horas. Evitar el azúcar. Comida orgánica. Establecer rutinas. No las cargues mucho. Déjala llorar para que se duerma pero no olvides la crianza respetuosa. Hazlo todo con amor y paciencia. ¿Y mi pareja? Necesito ayuda. Necesito dormir. Pero tengo cita con el pediatra: pañalera, snacks, agua. Casi olvido mi bolsa. Estoy menstruando: toallas, tampones, hidratarme, comer algo. La lactancia me tiene agotada. Mi esposo hace preguntas que no contesto porque las escucho muy lejanas. Una de mis hijas llora, la otra necesita que le cambie el pañal. No soy dueña de mi tiempo, me lo arrebataron.

 

¡Ya, por favor!


Pienso que si la montaña se quemara conmigo adentro, elegiría quedarme inmóvil esperando que el fuego me alcance. 


Empiezo mi ascenso y no reconozco la luz del día. Percibo que las hojas que piso al caminar no se escuchan como solían hacerlo, avisando mis pasos o los de algún animal. Veo a los pájaros pero no escucho su canto. Me siento en desconexión total en donde la esperanza es un lugar para muchos, pero no para mí. Confirmo entonces que hoy es el día para acabar con mi realidad que es una pesadilla.  


Sigo mi camino sin escuchar aún las aves. Un día disfruté tanto su canto, sabía distinguirlas por sus colores y su manera de avisar la llegada del atardecer agrupándose en los árboles para pasar la noche. Pero esta vez no lo hacen o no lo noto. 



El anochecer empieza a aparecer y ahora que quiero regresar me doy cuenta de que no hay manera de hacerlo. Me encuentro en una brecha desconocida. Escucho el respirar de una fiera y  siento cómo la montaña me da la espalda justo en este momento de angustia. Al principio no percibo con exactitud su identidad, giro el cuerpo y escucho las hojas crujir que develan  la llegada de un animal. Noto que es una hembra, sangre seca en el hocico.  Acaba de alimentar a sus lobeznos después de alimentarse ella misma. No tiene ningún interés en mi presencia pero sé que mi miedo podría asustarla. 


Respiro hondo y tomo la decisión de caminar hacia atrás sin dejar de ver a los animales, pero mis movimientos alertan a la madre que va a defender a sus crías sin importar el costo y da pasos hacia mí. 


Mis sentidos se despiertan completamente, comienzo a escuchar todo, vuelven los pájaros, me llega el olor a pino, a tierra fresca.  Llegué pensando que la vida no tenía sentido y ahora lo único que quiero es salir de aquí, salvarme y estar con los míos. Siento un escalofrío por todo el cuerpo cuando nos vemos por unos segundos a los ojos. ¡Vaya majestuosidad la que estoy viendo! Tengo muchos nervios y mi mente fatalista me traiciona, yo me creía capaz de reaccionar ante una situación como esta pero ahora no puedo moverme. Descubro que sus orejas sí lo hacen, están alerta. Decido levantar los brazos para parecer más grande que ella. Espero con paciencia y mis brazos se encuentran con una rama que  al jalar provoca un ruido que la asusta. 


La manada se va. 


Vuelvo a respirar y con ello me entero que sí hay color en el anochecer,  y aunque no me queda claro cuándo, presiento que las heridas sí se pueden cerrar y que puedo despertar de esta pesadilla. 


Esta montaña no está lista para verme caer. No se deja quemar, me mandó a su mejor postor; a la más fuerte, ágil y protectora para verla directamente a los ojos y que, como madres, las dos nos entendiéramos cada una a nuestra manera y pudiéramos continuar nuestros caminos con la certeza de que ninguna haría daño a la otra. 


Un guardabosques aparece y me acompaña de regreso. No tengo voz para expresar lo que me acababa de suceder, tiemblo de miedo pero tengo una sonrisa en mi cara y lágrimas en los ojos.  


Llego a mi auto y veo un pájaro azul que no tuvo consideración con la limpieza del vidrio, me río e interpreto el mensaje como algo gracioso a pesar de todo lo ocurrido. Tomo mi celular y en la pantalla tengo mensajes de una amiga, delante de una foto de mi esposo cargando a mis hijas. 



Al regresar a mi casa me encuentro de nuevo con mi realidad. Un hermoso caos, una rutina, calentar el café tres veces al día. Veo a mis hijas correr hacia mí con los brazos abiertos para darme un abrazo sin saber que estuve a punto de abandonarlas. 


Y ahí, con un nudo en la garganta, en ese rinconcito de esperanza en dónde quizá queda un espacio para mí, me acuerdo de mis hermanos, de la niñez disfrutada, de las tardes en los parques trepando árboles con mis vecinos para luego regresar a casa con la cena de mi madre esperándonos en la mesa. 


Recuerdo que muchos de los mejores momentos que he vivido han sido a la intemperie, en las calles, en los bosques y ranchos, en canchas deportivas o en cualquier lugar en donde la adrenalina de creerse invencible le gana a cualquier mal rato.


Ya no soy niña, ni trepo árboles, ni salgo a jugar con mis vecinos, pero ser madre me ha traído nuevas amistades. Como esa amiga, la de la sonrisa bonita, que parece tenerlo todo en orden o más bien le  pone orden en su propio desastre; esas amigas que le sacan color al gris. Ahora tengo una amiga que me abre la ventana al mundo de la escritura. Otra  que comparte los secretos de los alimentos y con la que aprendo a disfrutar de un buen banquete. Otra con vida empresarial que encuentra la manera de entregarse a sus hijos y a las mías por su puesto de madrina. También tengo a la que me abrió los ojos cuando pasé por mi depresión, con la que practico senderismo y nos ejercitamos juntas. Amigas con las que comparto mi amor por la lectura, nos gusta la misma música y  analizamos canciones.

 

Una de ellas me llama y parece una casualidad optimista, quedamos de vernos para contarle a detalle lo que me pasó en la montaña. Pasamos el resto de la mañana disfrutando la calidez de una taza de café. Coincidiendo en las rarezas de la cotidianidad, platicando de los libros leídos durante el verano que parece eterno. Todo de repente parece acomodarse. 


Este encuentro con la naturaleza me abre los ojos y me susurra que la razón de estar aquí permanecía sembrada como la raíz de los árboles.  

  

Me doy cuenta que las amigas son luz en la noche, son el sonido nítido que sí se escucha como me atrevo a escuchar a los pájaros. Les descubro colores: los hay azules y verdes y también amarillos y rojos y con todas esas diferencias las amigas son capaces de hacernos florecer hasta en tierra herida.



 
 
 

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2 comentarios


Me encantó:)

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Que belleza de escrito y fuerza en los sentimientos descritos. Immersiva e inspiradora

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