El poema de las 8:24pm

Sofía Abreu Olvera

Té verde con un chorrito de leche,

listo.

Doble almohada para mayor motivación,

lista.

Ventilador dirigido a la cara para la frescura,

listísimo.

Inspiración…

Hmm,¿en dónde la dejé?

¿Debajo de la cama?

No.

Pero hay un gato desparramado

en la esquina.

¿En mi mochila?

Vacía

desde que empezó la cuarentena.

¿Dentro de mis ansiedades?

Uy,

de aquí a que la encuentre.

¿Cuándo fue la última vez

que la vi?

Veamos.

Cuatro meses,

tal vez cinco,

¡o no!

¿nueve?

Híjoles.

Quería culpar a la pandemia,

pero ya vi

que puras mentiras.

Mi inspiración lleva desaparecida

por ahí de un año.

¡¿Y ahora?!

Pues

a apreciar

lo bien que embona

mi taza redonda

en mi mano pequeña.

Ésa que me compré

en lo que llaman

un Cider Mill, un “molino de sidra”.

Ese lugar que huele a su nombre

y a donitas con azúcar.

Sidra caliente y donitas con azúcar.

Estoy en Michigan.

Eso es

lo que me recuerda ahora

mi taza.

Se ve linda

toda roja en mi sillón azul mar.

Pero es de Michigan.

Estoy en Michigan.

Somos

mis gatitos y yo

acompañándonos en la pandemia.

No crean que me quejo.

No nada más disfruto

de mi taza en mano.

También de mi espacio

para dormir

en forma de estrella babeante,

y decidir si hoy

es día

de lectura silenciosa

porque esa Barad

requiere

toda la concentración,

o un día de cumbia

para agregarle

un no sé qué

a la estudiada de matemáticas.

Yo sólo digo

que un abrazo

no estaría mal.

Y si están agotados,

por eso del Covid,

uno cada seis meses nomás.

Un abrazo apretado,

de esos en que la ropa

se asoma por los dedos

como si se estuviera desbordando.

De esos que vienen

con la paz total

que una intenta,

pero no logra,

darse a sí misma.

Uno de esos

que, en una de esas,

viene

con inspiración incluida.

Imagen de la autora, 2020.