Dignificar la vida

Valeria Cruz Villalba



Continuamente escuchamos, leemos e incluso experimentamos los cambios que el planeta está viviendo en términos ambientales. Las crisis climática y ecológica son hechos incontrovertibles: aquí están y, al juzgar por nuestras trayectorias, llegaron para quedarse y, sobre todo, agudizarse.


En términos técnicos, el último reporte del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC, por su acrónimo en inglés) advierte cuáles son las consecuencias de un planeta con un calentamiento de 1.5ºC por arriba de niveles preindustriales, las cuáles afectarán prácticamente todas las áreas de nuestra vida y amenazan su existencia tal como la conocemos hasta el día de hoy. Sufriremos de eventos climáticos más intensos y más frecuentes (olas de calor, sequías, precipitaciones, incendios, huracanes, entre otros); aumentará la acidificación del océano y el nivel del mar, el cual llegará a cubrir zonas costeras y desplazará a sus habitantes; existirán graves disrupciones en los ecosistemas y una intensa pérdida de biodiversidad; la seguridad alimentaria se verá en jaque y crecerá el hambre en el mundo; la pobreza aumentará a pasos agigantados; el abasto de agua potable se verá comprometido; se intensificarán los conflictos armados y la crisis migratoria se agudizará; se extenderán las zonas de ataque de las enfermedades endémicas; próximas pandemias serán el pan de cada día y habrá presiones demográficas aún mayores que las actuales en todas las zonas urbanas.


Todo ello en un mundo tan solo 1.5ºC más caliente. Cabe recalcar que, actualmente, nuestro mundo ya es aproximadamente 1.1ºC más caliente y nuestras trayectorias actuales nos llevan a un calentamiento muy por encima de 1.5ºC para 2050.

Sin embargo, a pesar de escuchar estas advertencias constantemente, el camino de la humanidad se sigue trazando, pareciera que irremediablemente, hacia ese futuro de colapso, incierto y pavoroso. ¿Por qué querer volver realidad, tercamente, esa distopía amenazante?


En esta discusión ya no cabe ni podemos darnos el lujo de hablar únicamente en términos técnicos. Debemos aventurarnos a cambiar la conversación y pasar de lo técnico a lo ético, y discutir sobre los valores que rigen y moldean nuestra sociedad y sus estructuras. La crisis a la que nos enfrentamos no sólo es climática y ecológica; también es una crisis social. Hoy vivimos la época de mayor desigualdad social (donde menos del 10% de la población mundial controla más del 80% de la riqueza) y de mayor desequilibrio ecológico de la historia. La crisis climática no es un fenómeno aislado: la desigualdad social, la pobreza, la violencia de género y otras problemáticas están intrínsecamente relacionadas con ella y con un sistema basado en la explotación para poder “funcionar” y crecer, siempre apuntando al infinito, en un mundo con recursos finitos.


Para que el sistema se mantenga andando, es necesario recurrir a la explotación, tanto de la naturaleza, como de los trabajadores, y bajo el manto de la explotación, la desigualdad crece a pasos agigantados. Así, la crisis de nuestra civilización en realidad es una sola que se desarrolla en múltiples vertientes y se evidencia de distintas formas, todas ellas interrelacionadas entre sí. El origen de esta crisis se remonta a un sistema productivo y de valores que ha posicionado la dignidad y la vida en segundo lugar frente a la acumulación, en su escala de prioridades. Vivimos en un sistema que se sostiene sobre cosas que no necesitamos porque éstas no sostienen la vida; al contrario, la degradan. Ya lo decía Berta Cáceres¹: “mientras tengamos capitalismo, este planeta no se va a salvar porque es contrario a la vida, a la ecología, a las mujeres.”


Conforme me vi inmersa en el mundo de la sustentabilidad y el activismo ambiental, entendí que proteger la naturaleza y luchar contra la crisis climática va más allá de los tecnicismos que pueden rodear estas actividades; implica entender y dignificar la existencia más allá de la instrumentalización que se le ha dado. Implica revalorizar la vida. La emergencia nos obliga no sólo a actuar, sino a deconstruirnos y reconstruirnos como seres humanos, individuos, personas, comunidad y sociedad y, con ello, imaginar, trazar y volver realidad ese otro futuro que también es posible.


Es hora de sustituir los valores de la eficiencia y la acumulación por los de la empatía y la justicia social y reordenar nuestras prioridades: tanto las individuales, como las que persigue el sistema en su conjunto. Con ello, cabe también reconocer las responsabilidades alrededor del cuidado de la vida y de la tierra: aunque todos debemos responsabilizarnos por el cuidado del otro (de esa otredad compuesta por individuos que viven experiencias totalmente diferentes a las nuestras), también debemos reconocer los niveles de responsabilidad que exige la atención de la crisis climática. En un planeta en el que el 1% más rico del planeta es responsable por más del doble de las emisiones de gases de efecto invernadero del 50% más pobre, ese 1% tiene una responsabilidad mayor, no sólo de atender la crisis climática, sino de resolver y dejar de reproducir las intensas desigualdades, en todas las áreas, que afectan a la sociedad global. Mientras que son unos pocos los que cargan con mayor responsabilidad en términos sociales y ambientales, son muchos (que poco contribuyen a la crisis climática) los que sufren de mayor vulnerabilidad frente a los efectos del calentamiento global.


Cuando hablamos de crisis climática, no sólo estamos hablando de números o de grandes afectaciones económicas (aunque eso también está implicado). Estamos hablando de la vida de miles de millones de personas, así como de los ecosistemas y de todos los seres vivos que los habitan: se estima que, en 2019, alrededor de 20 millones de personas se vieron obligadas a desplazarse debido a catástrofes naturales; la sexta extinción masiva de especies (y la única antropogénica) amenaza con eliminar por siempre 1 millón de animales y plantas; en los últimos 60 años se ha degradado el 60% de los ecosistemas de la Tierra, y la lista puede continuar. Estamos hablando, nuevamente, de la dignidad de la vida, cuyo valor debe ubicarse por encima de cualquier otro interés político o económico.


Aunque el mundo entero y los sistemas que nosotros hemos construido en él nos quieran recordar constantemente que hay muchas otras cosas, ciertamente banales, que valen más que la vida, nosotros tenemos que responder con mayor constancia y compromiso, y hacer resonar que eso no es verdad: que la vida debe ser valorada por encima de cualquier organización social y sistema económico, los cuales además están sujetos a ser reestructurados. Es preciso esforzarse continuamente para proteger y defender la vida de todos aquellos sistemas que la amenazan a diario.


La tecnología no nos va a salvar; nos va a salvar una intensa y profunda transformación de la sociedad global y de los valores que rigen las relaciones entre seres humanos y de los seres humanos con la naturaleza, de la cual siempre hay que recordar que somos parte. Habrá que revalorizar la cooperación entre individuos y colectivos, así como la verdadera participación democrática y la conciencia profunda de nuestro impacto en el otro, con una mirada integradora y holística, que comprenda que todo el mundo está fuertemente conectado. Entendernos como parte del tejido del mundo nos hará comprender que tenemos que replantear cada una de nuestras decisiones, nuestro pensamiento y nuestra forma de vida más allá de la inmediatez y del beneficio individual para poder empalmarlos con el cuidado de los otros y del planeta en su conjunto. En última instancia, lo que afecta a la vida nos afecta a nosotros mismos, pues somos parte de ella. Cabrá reconocernos en las experiencias de aquellos que parecen extraños, pero que en realidad no lo son tanto, ser más conscientes de lo que pasa más allá de nuestras fronteras y hacernos más sensibles a todo eso que ha permanecido invisible a nuestros ojos hasta el día de hoy.


En cada momento de nuestra vida, en cada decisión y en cada actuar se nos presenta una elección importantísima: ¿estamos viviendo para la sociedad, para el bienestar colectivo y para dignificar la vida? ¿O únicamente estamos reproduciendo las estructuras de poder del sistema actual, haciendo, en automático, todo aquello que se impone por defecto? ¿Estamos educándonos, trabajando y viviendo pensando en los demás o únicamente en nosotros mismos? Vivir en defensa de la vida consiste en un actuar constante y consciente.


Sustituyamos los valores predominantes de la sociedad actual a la brevedad: la competitividad por la solidaridad, la individualidad por el colectivismo, la soberbia por humildad, la acumulación por sencillez y, en este tenor, transitemos todos juntos, sin dejar a nadie atrás, hacia un futuro en el que el equilibrio ecológico y la justicia social sean la norma y no la excepción.


Fotografía de Annie Spratt en Unsplash.