Notas de viaje

Mario Ortega Ramírez



Parque Nacional Manuel Antonio, en Costa Rica



Las aves y los surfistas se van al alba.


Llevaba binoculares, pero no veía nada.

Los guías de naturaleza son importantes si uno es poco experimentado.

Éramos poco experimentados.


Los perezosos se esconden en las copas de los árboles.

Los hay de dos y de tres dedos.

Solo vimos los de tres dedos.

Los vimos durmiendo, comiendo y cargando a sus crías.


Las ranas y las serpientes se ven en la temporada de lluvias, cuando hay pocos turistas.

No vimos ni ranas, ni serpientes. Era marzo, la temporada alta del turismo.


En los senderos se ven largas filas de hormigas cargando hojas.

Noté que pocos las notaban.

Intentaba no pisarlas.

El Parque tiene una playa muy bonita.

Los estadounidenses que escriben revistas de viajes dicen que es una de las más bonitas del mundo.

Las iguanas piensan como estadounidenses. Toman el fresco en la playa.

Las hay de todos los tamaños, de colores muy llamativos.

Había muchas otras a las orillas de los senderos.


Vimos varios venados. Se veían despreocupados.

Saben que nadie los puede lastimar, por eso se ven despreocupados.

Todos los animales deberían sentirse despreocupados.


Los coatíes, como los venados, se veían despreocupados.

Había dos que se perseguían en la zona de manglares.


Los monos son todo un espectáculo.

Vimos tres especies: tití, capuchino y aullador.

Los capuchinos son los más confiados.

Antes iban a la playa a robar comida.

Ya no se puede ingresar comida al Parque.

Ahora los monos ya no van a la playa.


No vimos osos hormigueros, pero es un alivio saber que todavía hay.

No todo es ver. Hay que prestar atención a los sonidos, a los olores.


El regalo de despedida fue ver la puesta del sol.

La vimos desde la marina de la ciudad.

El cielo se hacía rosa.

Es el momento en el que las aves y los surfistas regresan.

Cuando el Parque ya ha cerrado.