Ilustralabra

Yssel Elisa Tarín Abrego


Abrazo todas las lágrimas que ya derramé.

Qué difícil es dejarse poseer plenamente por el dolor

Qué confrontativo.

Yo no dirijo la sabiduría

Es la misma vida que me guía

Y me pide de mí

lo que yo necesito.



Hoy tuve una revelación.


Unas lágrimas han brotado de mis ojos, para mi sorpresa, han sido solo eso, lágrimas, no ha sido el llanto cotidiano. Ha sido un halo de melancolía, ya no de rabia, ni tristeza abrumadora.


Estaba dibujando el día de la niña, y he recordado mis días en la Sierra Norte de Puebla. Fui a buscar aquellos blogs donde resguardaba fotos y pensamientos, pero ¿por qué no recuerdo esto?, ¿qué pasó?, ¿por qué ya no estoy ahí? Me di cuenta del tiempo que ha pasado, ¡cuantos años estuve enojada!


Me fui de ese lugar porque me sentí desterrada. Un señor intentó abusar de mí sexualmente, y no volví. No volví a ese lugar de tantas enseñanzas. No volví por enojo. Y regresé de ese viaje, y se sumaron más enojos. Me adentré en el tema del acoso y del abuso sexual. Escarbé, y escarbé (llegué muy lejos), y estuve tantos años llena de rabia. Intentaba hacerlo diferente, disfrutar, vivir, pero algo sucedió, abrí una Caja de Pandora: me enojé, me avergoncé, me aislé. Tantos años de enojo y de cueva, perdí aún más la dulzura y la ingenuidad. Y aunque sonreí (sonreí en todas las fotos) era una sonrisa impuesta, la que se ocupa para gustar, para ser aceptada, y para no recibir un “tienes el rostro enojado”. Estaba furiosa con la vida.


Apenas hoy, después de tantos años, me doy cuenta que voy recuperando la vida; cuánto tiempo enojada queriendo agradar, qué incongruencia, ¿no? Tanto tiempo en la cueva perdiendo aptitudes para relacionarme, escondiéndome del enojo humano, escondiéndome de mis sentimientos. Y hoy, aquí, frente a esta dulzura, me quiebro y me abrazo, me festejo el día de la niña, y me perdono, me acompaño, y me agradezco por este tiempo invertido en conocerme.


Me alegro tanto de haberme encontrado con estos recuerdos, y por tener estos paisajes en mi memoria: volví a sentir la lluvia de la montaña, la neblina en la nariz, a los perros cazando palomillas, las risas de los niñes, la magia en las manos haciendo tortillas con maíces de colores, y el regreso a casa para tomar un bañito con agua caliente, y siempre, con tantas aventuras que contar.


Agradezco que la muerte me permite vivir de nuevo, y un día a la vez. ¡Gracias!