218 bis.

María Gómez de León



Todos los días cuando vuelvo a casa

escucho los quejidos de mi perro

al otro lado de la puerta,

olfativo, rasgado por amor

hacia este humano que busca

desesperadamente

en el fondo

de su bolsa

unas llaves.

Cuando entro

mi perro tiembla como ellas

y me lame la cara

haciendo charcos tibios y dorados por doquier.

Paso mis manos por su vientre. Luego

borro los charcos con vinagre.

Sólo que aquí ningún olor se impregna.

De hecho, ya no vuelvo a casa.

Tampoco tengo un perro,

tuve uno, hace años, todavía

me despiertan sus ladridos en la noche.

Ésta no es mi casa.

Estoy sola aquí, donde el sol

arranca los colores de los libros,

y los días pasan por los cuartos

como si fueran animal en cautiverio.

Procuro no: cuando salgo

troto por la acera, respiro nada más

lo suficiente. Y al volver

el aire me recibe intacto

para que lo siga

manchando con mi aliento.

Fotografía de la autora.