¿Por qué las mujeres somos putas?

Karen Olivera Romo


Alguna vez me llamaron prostituta. Así, a secas y en el tono más despectivo y aberrante que pudiera existir. Años después, descubrí que no era la única mujer a la que han insultado con este término o cualquier otro similar, por lo cual empecé a curiosear sobre el tema. La palabra prostituta proviene del término latino prostituere que significa "exhibir para la venta". De manera usual la referimos a la actividad donde las personas ofrecen un servicio sexual a cambio de una retribución económica. Como actividad comercial, la prostitución es tan antigua como el ser humano mismo, y nació como una práctica transaccional totalmente primitiva.

Un ejemplo de ello fue la civilización babilónica, a quienes debemos la base de los escritos antiguos de la Biblia cristiana, los mitos de la Torre de Babel y los Jardines Colgantes de Babilonia. En fin, algunas teorías indican que los babilonios practicaban una especie de prostitución religiosa, formalmente denominada prostitución sagrada. Las mujeres tenían la obligación de acostarse con varios hombres antes de contraer matrimonio, lo cual se consideraba como un acto de culto religioso entre las clases nobles para proveer a las necesidades del templo.

Las mujeres se exhibían formando filas dentro del recinto religioso y para ser distinguidas, colocaban coronas con listones en su cabello. Mientras tanto, hombres forasteros transitaban entre ellas con plena libertad para mirar, evaluar y finalmente elegir a la candidata ideal para su encuentro sexual. Para concluir la selección, los hombres arrojaban dinero sobre el regazo de la mujer elegida y la llevaban consigo fuera del templo para realizar la actividad sexual¹. Sin importar la suma de dinero, las mujeres estaban obligadas a aceptar la transacción y no podían volver a casa hasta lograr un encuentro sexual. El dinero se servía como ofrenda al templo.

Las teorías indican que muchas mujeres encontraban estas prácticas religiosas denigrantes, al ser mujeres de clases privilegiadas, se rehusaban a tener encuentros sexuales con hombres “comunes”. Incluso, se ha mencionado que algunas de ellas circulaban con carruajes rodeados de sirvientes para evitar el contacto con los hombres. A pesar de ello, la mayoría aceptaba y ejercía la tradición cediendo ante las condiciones sociales y religiosas.

Pensar en la prostitución como una actividad libre, implicaría asumir que su realización se lleva a cabo en sociedades conformadas por individuos plenamente libres, especialmente las mujeres. Sin embargo, la historia indica que existieron y que siguen existiendo condicionantes económicas y sociales donde la incongruencia en la sexualidad femenina se manifiesta en repetidas ocasiones.

Actualmente, la prostitución es una actividad donde las mujeres se asumen, en muchos de los casos, como mujeres limitadas por su propia realidad. Y no queda ahí; fuera del campo donde la prostitución se ejerce como una actividad de sustento económico, existe un sinfín de prácticas culturales explícitas e implícitas donde las mujeres ejercen su sexualidad como una mera transacción llena de mitos y prejuicios.

Acercándonos a una realidad reciente y cercana, las mujeres vivimos y ejercemos una vasta variedad de prejuicios sociales asociados a nuestra conducta sexual, mismos que derivan en palabras como "zorra", "fácil", "sucia" y "puta", por supuesto. Es tan común, que todas las mujeres nos hemos sentido putas alguna vez en la vida o hemos juzgado a otras mujeres como tal, y ello ni siquiera implica que nos "exhibimos para la venta" o que algún hombre haya arrojado dinero a nuestro regazo para indicar una transacción sexual. A veces, una simple invitación a cenar o el típico drink en el antro indican y exigen un comportamiento sexual recíproco.

Pensar en la palabra prostituta implica una amplia variedad de significados expresados para juzgar actos y comportamientos concretos, que a su vez son derivados de prejuicios sociales ejercidos por muchos y muchas. Si nos llaman “putas”, “prostitutas”, “zorras” y demás, usualmente lo asociamos a una crítica negativa, sin embargo, otras tantas veces enaltece el orgullo y la libertad sexual femenina.

Hoy quiero contar mi historia, la cual me llevó a reflexionar, interiorizar y reivindicar el significado de la palabra prostituta hasta que encontré en ella un refugio, un motivo y un pretexto para ejercer mi libertad sexual.

Yo soy una de esas muchas mujeres que se ha sentido puta alguna vez, y no necesariamente porque tenga conflictos con mi persona, con mi forma de relacionarme con los hombres o porque tenga problemas de autoestima que repriman mi sexualidad, al contrario, actualmente siento que he desarrollado y aceptado mi sexualidad de manera sana y responsable, y con todo y esto, he llegado a sentir que soy una puta. Esto me lleva a la pregunta seria y necesaria: ¿por qué las mujeres somos putas?

Alguna vez me llamaron prostituta, de hecho, sólo una vez he sido señalada con esta palabra y fue mi madre quien acuñó hacia mi persona dicho término. Otras veces me han dicho puta, zorra, de moral distraída y otras tantas formas para referirse a mí, pero la primera vez que señalaron mi conducta sexual con dicho prejuicio, fue con mi madre llamándome prostituta.

Yo tenía 14 años y un novio intenso, caliente y deprimido. Uno de sus días de calentura, intensidad y depresión me besó el cuello, luego se le ocurrió hacerme un chupetón porque estaban de moda. Era normal sentirse cool, rebelde y sobre todo querido si te hacían un chupetón en el cuello; aquella vez lo permití con singular alegría. Desde ese día usé bufanda para ir a la escuela y para estar en mi casa. A mis veintiocho años entiendo lo sospechoso y evidente que es traer bufanda dentro de tu casa, así que mi madre observó dicho accesorio, se acercó a mí con una mano rígida y bien dirigida, me quitó la bufanda y descubrió tremendo chupetón, morado y punzante.

Acto seguido, un sermón de diez minutos sobre el respeto que deben tener las mujeres por sí mismas, que existe algo que se llama dignidad y que no tenía idea de lo que era la moral; después soltó su inolvidable "pareces prostituta". Así, a secas y en el tono más despectivo y aberrante que pudiera existir. Aún lo recuerdo y una presión en el estómago viene a mí, como si estuviera a punto de descender por la montaña rusa, y créeme, no es una sensación agradable porque viene acompañada de unos ojos penetrantes y prejuiciosos que me indican que estaré castigada por meses.

Cuando yo tenía 14 años sólo estaba enamorada, no entendía de auto respeto, dignidad y mala imagen. Tampoco tenía definida una moral ejemplar y mucho menos sabía lo que significa ser una prostituta. Sin embargo, a partir del momento en que mi mamá me llamó así, entendí que cualquier acto caliente era mal visto, incorrecto y debía ser evitado a toda costa. Como es costumbre en los adolescentes calenturientos, intensos y deprimidos, los chupetones siguieron sucediendo, pero con un mejor método para ocultarlos. Meses después terminé con aquel novio ingenuo y besucón.

La calentura sigue aquí conmigo y de cerquita; ha cambiado de compañero varias veces, pero se manifiesta casi igual y con una regularidad sorprendente. Como resultado de aquel suceso vergonzoso pero excitante, cada vez que tengo un encuentro sexual, incluso cada vez que ejerzo mi sexualidad, es inevitable sentirme como una prostituta. No porque encuentre el término denigrante, sino porque la palabra me genera una culpa excitante, casi imperceptible, inconsciente.

Probablemente muchas mujeres se sienten así, porque el sexo, insisto, es asociado a cosas sucias y moralmente prohibidas. Generalmente los encuentros sexuales que no causan ese pesar moral son sólo aquellos aprobados por la sociedad del matrimonio y del noviazgo responsable, y ni siquiera esto evita algún tipo de sensación de culpa o vergüenza cuando somos unas putas. Vivo mi sexualidad con orgullo, y sentirme puta es parte de ello, con todo y que algunos recuerdos no han sido agradables.

Esa presión en mi estómago por estar haciendo algo propio de una prostituta, de acuerdo a lo que mi madre diría, hoy en día causa una energía tan intensa, que incentiva mi libido. Parte de la emoción del acto sexual seguirá siendo para mí, como para muchas mujeres, algo mítico, prohibido, y "putezco". En el mejor de los sentidos y con el mejor de los deseos, todas podemos ser unas putas de vez en cuando; eso es lo mejor que nos puede pasar si nos apropiamos de dicho término y lo aceptamos y ejercemos de manera libre y consciente.


¹cfr. Heródoto de Halicarnaso: Los nueve libros de la historia, Madrid-Buenos Aires, Librería Perlado editores, 1945, pp. 107-108.


Fotografía de Ava Sol en Unsplash