¿Qué te hace ser mujer?

Giovanna Mondragón



Mucho tiempo me hice esta pregunta, tal vez desde que tenía seis años. Crecí en una familia conservadora, en la cual las mujeres sirven a los hombres de la casa, no importa si es papá, hermano, primo o desconocido. Las mujeres en casa tenían que poner la mesa, pasarle a papá o a hermano los cubiertos, -aunque estos estuvieran a centímetros de ellos-, servirles una buena ración de comida y mantener su vaso lleno, tener suficientes tortillas en el tortillero, levantar los trastes una vez que se acabaron los platillos, lavar los trastes, asear la cocina, preguntarles si necesitaban algo, y justo cuando creíamos que toda esa faramalla había terminado a ellos se les antojaba algo de la tienda, y bueno, como es una actividad que implica salir a un lugar en el que hay más hombres, esa, esa sí la puede desempeñar el hombre más pequeño.


Cuando tenía seis años mi hermano tenía doce y mi mamá me obligaba a lavar mi ropa interior y calcetas, y digo “obligaba” porque era evidente que a esa edad lo que yo quería hacer era jugar, ver la televisión o leer un libro, pero eso podría hacerlo una vez que terminara mis labores. Recuerdo que siempre le cuestioné a mi mamá por qué mi hermano no hacía lo mismo, y ella siempre me respondía “porque él es hombre” y yo no lograba entender cuál era la diferencia, al final él también era hijo en la jerarquía, en mi cabeza no quedaba claro por qué el ser hombre te daba otro estatus.


En esa época mi papá trabajaba como trailero; por ende, casi no estaba en casa, así que el trono de “jefe de la casa” se quedaba a cargo de mi hermano. Y bueno, para él no era difícil llevar ese rol, comía a la hora que quería sin importar que mamá estuviera cansada. Él podía salir a cualquier lugar a cualquier hora, podía llevar a gente a la casa, incluso niñas. Me regañaba y corregía si era necesario, porque obvio a las mujeres se les tiene que corregir cuando se equivocan y olvidan cuál es su papel. En una ocasión, a mis 15 o 16 años tuve un novio, él me había pedido le llevara comida a su escuela, y bueno, yo no podía decirle que no, pobre de él, se iba a quedar sin comer si yo no iba. Así que preparé un lonche y le dije a mi mamá que no tardaba, que estaría con “el vato”, ella sin pensarlo me dijo “¿ya le avisaste a tu hermano?”. Yo me quedé de una pieza, y sólo respondí “no, y no le voy a decir, porque él no es mi papá, si quieres le hablo a mi papá”. Ella muy enojada me regañó y me dijo que era muy rebelde. ¿Rebelde? ¿Por no avisarle a mi hermano? No entendía en qué radicaba mi rebeldía... Sin más, acepté el titulo orgullosa y salí de la casa. En ese momento la palabra “rebelde” me hacía sentir importante, diferente, y sin saberlo eso conformó una parte de mí.


A la par de esta serie de eventos, yo me dedicaba al deporte, es algo que me gusta mucho, así que mi vida era entrenar y la escuela, no me importaba mucho salir a fiestas, bueno, en realidad creo que en el fondo sabía que no me iban a dejar ir, así que dejé de tomarles importancia. Sólo los domingos y lunes descansaba, y si en alguno de esos días de descanso estaba mi papá y me veía sin hacer quehacer; entonces, me decía “Paolita, tú eres bien flojita, pinche mujercita fea” y yo le preguntaba “¿por qué me dices así?” a lo que él respondía “no te gusta hacer quehacer, nada más te la pasas ahí sentada, con tus pinches libros, no sé ni para qué, si al final tú te vas a casar y eso no te va a ayudar en nada”. Sin darse cuenta, mi padre, al repetir este discurso, me motivaba a querer ser más que una “esposa”. Así que siempre que me decía algo como eso leía más libros, aprendía más cosas, jugaba mejor, corría más, siempre me esforzaba el doble, porque yo sabía que podía hacer más que lavar trastes y ropa o servir.


Pero lo cierto es que todos esos discursos los fui internalizando, hubo un momento en el que creí que sí sólo servía para ser un instrumento de mantenimiento del hogar. Ese discurso machista me hizo pensar que merecía ser tratada como una cosa, que al final yo sólo iba a ser el accesorio de un hombre, por eso, debía verme bien, ser delgada, ser amable, controlar mis pensamientos y sólo decir lo que el otro quería escuchar. Me lo vendieron tan bien que viví cosas que desearía poder borrar, aunque sé que son cosas que me formaron, que formaron a la persona que ahora soy, pero que no son sólo mis errores, son el reflejo de una cosificación que sigue existiendo, que se sigue reproduciendo. Y que parece que entre más se quiere erradicar más sólida se vuelve.


Viví creyendo que lo que una mujer pensaba era irrelevante. No importaba si dicho pensamiento se basaba en una teoría, en un libro o simplemente en una experiencia. La mujer no debía de expresar ideas, porque todas ellas iban empapadas de sentimentalismos. Esos que son propios de la regla, de las hormonas o simplemente del sexo “débil”. Recuerdo que cuando trataba de dar un punto de vista, me oían, se reían y después cambiaban de tema. Durante la primaria y secundaria, fui una niña introvertida, vivía con miedo de expresar lo que sentía o pensaba, aunque muchas veces lo que yo maquilaba en mi cabeza era muy semejante a lo que el profesor explicaba. En la preparatoria, en la clase de “Ciencias Sociales” conocí a una maestra, una persona increíble que me tenía mucho aprecio. Siempre me contaba que había perdido a una hermana menor, y terminaba la frase así: “se llamaba Paola, así como tú, pero yo le decía “polita”, era una niña llena de vida, pero se fue”, en ese momento yo no sabía qué contestarle, sentía mucha tristeza, porque sus ojos se llenaban de lágrimas. En ese semestre también llevaba la materia de Filosofía y el profesor que la impartía nos dejaba escribir mucho, para él la escritura era una de las mejores artes, decía que en cada escrito dejas una parte de ti, y que si en algún momento pudieras hacer una recopilación de todos tus escritos podrías identificar de qué animo estabas ese día, o podrías construir una genealogía. En fin, siempre he amado escribir y leer, así que hacer cuentos, poemas o relatos para mí era muy sencillo. Un día la maestra de Ciencias Sociales me pidió uno de mis escritos, recuerdo que era una historia sobre una chica que todas las noches soñaba que se convertía en aire y podía ir a donde quería, volviendo antes de que sus padres se dieran cuenta. Cuando la profesora terminó de leerlo me dijo “Polita, que nunca se te olvidé que tú eres tu propio límite, nadie va a vivir por ti, nadie va a sufrir por ti. Así que sé fiel a tus sueños”. No entendí ni valoré su consejo hasta hace unos años.


Después de muchos conflictos internos, de muchas peleas conmigo, con mi cuerpo, con mi identidad, por fin, pude consolidar a una mujer que se ama, se acepta y que sí, sigue sirviendo a los demás, pero ya no lo hace porque cree que debe hacerlo, sino porque eso es algo que es parte de su personalidad. En esta etapa de reconstrucción, me topé con otro dilema. Tuve una hija, preciosa, y creí que había consolidado una familia, teníamos una estructura (una casa), buenos trabajos los dos, nada podía salir mal… Excepto que nunca aprendí nada del discurso de mi padre, yo seguía sin saber ser una mujer. Ah, porque tener una hija, tener una vulva, sentirte mujer, vestir como una, pensar como mujer, nada de eso te hacer ser una mujer frente a un hombre machista, para ellos una mujer es aquella que llega a casa, hace de comer, mantiene la casa limpia, la ropa lista, a la hija bien peinada y bien alimentada, tiene al hombre cómodo y feliz frente al televisor con su botana preferida y, claro que no puede faltar, con una cerveza bien fría en su otra mano, oh, y siempre con una sonrisa de agradecimiento por la feliz vida que se lleva. Yo tenía que cumplir con mi rol de ama de casa y de trabajadora, porque así yo lo había preferido, “mujer empoderada”, así me quería sentir, pero no se puede con todo, tuve que decidir entre ser la “mujer ideal” o ser yo, y me costó mucho decidirlo. En realidad, yo no lo decidí, él me dejó, porque peleábamos mucho y yo era el problema; me derrumbé, había arruinado mi familia, había acabado con lo único que me daba un estatus con los demás, “la esposa de…”, no importaba que estudié dos carreras, que me gusta trabajar, que puedo resolver problemas domésticos, como un problema en la tubería o algún otro detalle. Nada de eso importaba, porque Giovanna seguía sin entender que una mujer es aquella que se preocupa por el hogar antes que por ella. Así fue como mi “empoderamiento pendejo” (como aquel ser lo definió) acabó con la familia que tanto me había costado construir.


Me derrumbé. Me cuestioné sí valía la pena seguir siendo yo, si valía la pena luchar contra corriente. Lloré, grité, me culpé y rogué por una oportunidad, porque no podía permitir que todos pensaran que no podía mantener a mi familia. Él me recriminaba, me pateaba, me escupía y yo sólo quería que volviera, juraba que iba a cambiar, pensé en dejar mi trabajo, para que viera que estaba dispuesta a aceptar mi rol. Una parte de mí, tal vez esa parte “empoderada pendeja” me detuvo, y comencé a ver las cosas con claridad. Tomé terapia. Tuve amigas que me sostuvieron, ellas ya habían pasado por experiencias similares. En terapia me culpaba de todo, cuestionaba si era una buena mujer, una buena madre, una buena pareja. Estaba destruida, todo en mí estaba roto. Hasta que por fin la psicóloga me hizo una pregunta que me hizo entender todo: “¿A qué te refieres con “ser una buena mujer?” En ese momento tuve un flashback a mi niñez, recordé a mi papá reclamándome por no seguir patrones, a mi mamá alimentando un comportamiento idiota en mi hermano y vi a esa niña que no se preocupaba por esas cosas, al contrario, las cuestionaba y leía, y buscaba respuestas. Ahí entendí que yo siempre fui “rebelde”, porque jamás quise aceptar esa categorización, porque sabía que una mujer puede ser más que un simple accesorio.


Todos estos eventos me hicieron destruirme y construirme nuevamente, con pensamientos más conscientes, los cuales me han motivado a cumplir mis sueños, y a dejar de vivir lo que mis padres, parejas, hermanos creen que es lo mejor para mí. Por fin he podido aprender a entender a Giovanna, lo que ella quiere y anhela… No eso que le dijeron de pequeña o lo que leyó en cuentos.


Pienso que todos los hechos que nos ocurren, sean buenos o malos, en realidad pienso que más los malos, construyen al “verdadero yo” que vive en nuestro interior y que muchas veces reprimimos porque pensamos que nuestras acciones no son las correctas, esto con base a las pautas que la sociedad ha impuesto. Y cuando llegamos a esta nueva construcción encontramos paz y, con esta paz comenzamos a disfrutar realmente la vida, los momentos, a las personas a nosotras mismas.


Al final, me gusta pensar que cualquier ser humano tiene el derecho de elegir qué quiere ser, cómo quiere actuar, qué quiere permitir. Como socióloga nos entiendo como seres de reproducción, y mientras se siga tratando a las niñas diferente que a los niños esto no se va a acabar. Es difícil luchar contra la corriente, pero vale la pena, vale toda la pena del mundo sentirse en paz.


Entendí que los límites te los vas poniendo tú y que en la medida en que tú los aceptas los demás lo utilizan a su favor. Así que dejé de preocuparme por darle gusto a los demás, dejé de preguntarme qué me hace ser mujer, cómo debe comportarse o vestirse una, qué importa cómo lo hagas, igual mereces respeto, tolerancia y cariño.


Puedo decir que ser mujer es más difícil de lo que se cree, pero también sé que es difícil en la medida en que tratas de cubrir las pautas ya establecidas. Y es difícil porque al final una mujer es la que está implantando esas ideas en las nuevas generaciones, una mujer que no se ha cuestionado ni se ha permitido ser consciente de cómo se siente ella al ser un emisor y receptor de dicha violencia.


La pregunta que me hago ahora es, ¿cómo podemos modificar esta situación?, ¿cómo podemos hacernos conscientes?


Son preguntas muy difíciles, porque sé que el camino que yo tuve que pasar para poder llegar al punto en el que estoy no fue fácil, muchas veces quise terminar con todo, como dicen, salir por la puerta fácil, lo que me hacía resistir era… No sé, tal vez el miedo o la culpa, porque no podría ocasionarles un dolor así a los que quiero. Pero, a pesar de que fui educada con estas bases sumisas pude romper con ellas, así que, pienso que no hay una formula para que puedas romper con estas pautas. Se tiene que trabajar constantemente de manera individual, cuestionar todo lo que se te impone, preguntarte si lo que eres y haces es realmente lo que quieres hacer.


Tenemos que aprender a disfrutar más nuestra vida, porque al final es la única que tenemos y es horrible voltear al pasado y ver que mucho tiempo has dejado de ser tú. En la medida en que nosotras nos aceptemos y aceptemos el cómo nos gusta vivir -sin importar si los demás lo aceptan- seremos capaces de generar un cambio en la forma en la que las nuevas generaciones se desenvuelvan.


Al final, el desafío está en ser feliz, no perfecto a los ojos de los demás.



Fotografía de Carlos de Miguel de Unsplash