Nadie va a publicar esta reseña de Murakami

Natalia Bocanegra



Encuentro, sin pensar demasiado, algunas razones:

1. La novela que leí es del 2004. Sin indagar más allá de los primeros 3 links de google veo que de esa fecha al 2020 se han sucedido al menos otros seis libros de Murakami. Mientras más fresco, mejor. Opera la misma lógica de la carne fresca.

2. Sigo sin entender por qué me torturé una semana leyendo After Dark cuando existen carnes premium. Leer a Murakami en sábado por la tarde es como ver porno comiendo palomitas.

3. Un lector con respeto por sí mismo difícilmente toma en serio a Murakami. Mucho menos lo reseña. Quizá lo lea por curiosidad pero hasta ahí. No se preocupen, esto no es una reseña.

4. Repito, y aquí podría terminar la no reseña: leer a Murakami en sábado por la tarde es como ver porno viendo palomitas.


Vamos, no me opongo a Murakami por ser un escritor pop, muy en disonancia con la tradición japonesa de novelistas como Natsume Soseki o Kawabata; es evidente que se trata de otro tipo de literatura desde que somos conscientes del alcance comercial de su obra. Basta con decir que el último “libro” que vi leyendo a mi hermano fue el álbum de estampitas de Dragon Ball hace como 20 años y a pesar de eso, este libro lo tomé de su librero. Hay tantos Murakamis como copias de Chanel en Tepito.


Tampoco es mi intención hablar mal de Murakami, (ni de mi hermano) pues estar en contra de millones de lectores solo me haría ver como una rebelde sin causa. La cosa sucedió así, tenía pocos libros y Murakami se presentó como una oportunidad para calmar el vicio; la desesperación en apuros es fatalmente inventiva. En esa semana mi gusto literario se retorció como gusano visto con una lupa bajo el sol. Faltó ese algo que nos es revelado y compartido desde el nido donde se escribió la obra. Desde el microinfierno y paraíso conjuntos que presupone la creación.


En After Dark, la novela abre el telón con una escena donde una prostituta china es golpeada; pese a la gravedad del asunto, nunca logré conmoverme. ¿Soy yo la única lectora que no vio el drama de los personajes? Lo dudo. Los temas están delineados, pero se quedan como en un boceto. Sí, están el vacío, la prostitución, el desconcierto, incluso la migración, pero como en un dibujo hecho sin esmero. Diluido como café de Sanborns.


La sensación que tuve de principio a fin fue la de leer un guión al que le falta ser realizado para completar el proceso creativo. Esta novela se detiene en un cuadro, lo congela y describe hasta en su más mínimo detalle, supongo que a eso se refieren los críticos cuando hablan de su “estilo cinematográfico” pero vaya, yo no veo otra cosa, sino un compromiso por hablar bien sobre un Tótem de las Ventas.


Una tras otra se persiguen las descripciones. El hecho de que en las secuencias narrativas domine esta forma, causa una sensación de estar frente a un informe policiaco. La descripción es a la novela lo que las explicaciones a la vida real: un mal innecesario, solo útil en algunos casos; absurdo en todos los demás. Me remite a una situación embarazosa donde nada es claro y es necesario añadir más. Y más, y más. Y de cualquier forma no hay explicación que satisfaga.


A final de cuentas: literatura de masas. Una literatura crisálida, en desarrollo, adolescente, con temas vitales y de interés humano pero raramente expresados con maestría. Hasta la última palabra sentí que la novela nunca empezó. After Dark es el resultado de Occidente filtrando todo, no solo a Oriente, sino todo lo que pasa por su delgada malla para ser absorbido, transformado, escupido y listo para ser devorado. Hopper, Ellington, entre otros varios hitos de la cultura occidental, se mencionan pero parecen marcas, como decir Gucci o Versace.

Essential, la nueva fragancia de Lacoste.

Murakami, la nueva literatura de Japón.

Murakami es una marca.


Por ley universal, no todo puede ser negativo. Si tuviera que hablar bien de esta novela y encontrar algún elemento mínimamente positivo –supongamos que es el caso– entonces, puedo decir que es una interesante reflexión sobre cómo vemos la vida a partir del reducido cuadro de una pantalla y cómo nos volvemos espectadores de esas proyecciones. Un poco forzado pero cierto. Una cosa así sucede en After Dark. En sí, la novela es una variación sobre la misma escena. Algo roza (muy de lejitos) con la ciencia ficción. Puedo reconocer que no todo está perdido con este autor ni con esta novela, al menos crea lectores. Muchos. Solo resulta evidente, que no es para quienes preferimos las drogas duras.