La suma total de lágrimas es una constante

Anonymous. A Woman in Berlin. Eight Weeks in the Conquered City. A Diary. Trad. al inglés de Philip Boehm. Intro de Antony Beevor. New York: Picador, 2005. 261 pp.


Andrés Iñigo Silva


La autora del libro decidió sumar su obra por atribución al más prolífico autor de todos los tiempos, Fuenteovejuna, o, en este caso, a Anónima, para preservar su integridad, una de las más fuertes y admirables que he leído, porque tiene una capacidad ejemplar para aceptar las cosas como son. Sin embargo, con ese gesto lo que ha hecho es que su voz pueda ser encarnada por todas las protagonistas de esta historia. Su diario comienza un viernes, 20 de abril de 1945, a las 16h00 y concluye exactamente un par de meses después. Los rusos se aproximan a Berlín. Paulatinamente todos los regalos de la vida moderna dejan de servir si no hay luz; es como volver a las cavernas.


El amor en sus matices más complejos y delicados es resultado de la cultura, no puede desarrollarse a menos que las necesidades básicas estén cubiertas. Cuando finalmente el lejano estruendo de los cañones llega a la ciudad se hace poco a poco el silencio y comienzan a verse soldados rusos por las calles que de día son como niños rollizos, hijos del campo, bien comidos, bañados y arreglados, andando en bicicletas que encuentran por ahí. No parece que lleven un lustro en guerra. Otro cuento es la noche, después de que han consumido enormes cantidades de alcohol que abunda en la ciudad y dan rienda suelta a sus deseos sexuales con quien se les ponga enfrente (o casi) del sexo opuesto.


Cuando los rusos finalmente tomaron Berlín al finalizar la Segunda Guerra Mundial, se hicieron con todo lo que sintieron que les correspondía. La mayor parte del ejército estaba constituida por hombres —aunque hubo mujeres— simples de campo, limpios y fuertes, un ejército en su mejor momento, aunque medievalizante, en busca de botín. A los alemanes les sorprendía que los soldados coleccionaban relojes a los que no tenían acceso en su patria, sobre todo de mano o de bolsillo, que atesoraban en sus brazos hasta llenarlos sin distinguir su calidad, pero a los que atribuían una singular elegancia; y mujeres, de la edad y condición que fuera, evidentemente para violarlas (los rusos no tenían permiso de volver a sus casas cada cierto tiempo, como los alemanes, y algunos llevaban desde el inicio de la guerra en campaña); pero también para atenderlas y ser atendidos por ellas, para conversar, escuchar música, para intercambiar sexo por comida calórica a la que los berlineses no tenían acceso desde hacía meses; lo cual, extrañamente, a ellos les parecía un intercambio justo mientras hablaban de “amor”. Bajo una concepción sencilla y prematura en la que si yo siento placer, el otro también; o uno de una relación justa, en la que yo obtengo lo que yo quiero a cambio de algo, en este caso comida, sin percibir que las berlinesas, parte de la sociedad civil derrotada, no estaban en posición de negociar nada.


Las mujeres, desnutridas, debilitadas física y moralmente, solas, no tenían opción y la mayoría salvó su vida al tiempo que procuraba padecer el menor número de violaciones o que ocurrieran con la menor violencia. Se calcula que alrededor de 100 000 mujeres fueron violadas durante el sitio, pero esta cifra habría que multiplicarla porque las víctimas no lo sufrieron una única vez, sino sistemáticamente por los mismos soldados “enamoradizos” o por diferentes cotidianamente. Digo “enamoradizos” porque los rusos —tal y como sigue ocurriendo entre un sector de los hombres hoy en día hacia las mujeres— se expresaban en términos “amorosos” hacia las berlinesas en unas circunstancias en las que no cabe hablar de amor. Anónima llama la atención sobre este hecho, al confrontar la perspectiva masculina frente a la suya y la de sus compatriotas.


Mientras que los hombres perdieron la guerra, a esa vergüenza debieron sumar la humillación de no haber podido proteger a sus mujeres, por ello no quisieron saber nada del asunto, sino enterrarlo y hacer de cuenta que nada había pasado. Al respecto, Anónima dice:


These days I keep noticing how my feelings toward men —and the feelings of all the other women— are changing. We feel sorry for them; they seem so miserable and powerless. The weaker sex. Deep down we women are experiencing a kind of collective disappointment. The Nazi world —ruled by men, glorifying the strong man— is beginning to crumble, and with it the myth of ‘Man’. In earlier wars men could claim that the privilege of killing and being killed for the fatherland was theirs and theirs alone. Today we women, too, have a share. That has transformed us, emboldened us. Among the may defeats at the end of this war is the defeat of the male sex.¹ (pp. 42-43, Thursday, April 26, 1945, 11:00 A.M.)


Es una lectura dolorosa, pero ejemplar. Las mujeres se convirtieron en portavoces de la sensatez, de la resistencia, estaban entre el suicidio o preservar su vida, que no su integridad física ni mental. La protagonista sabe algo de ruso y logra librarla un poco mejor al establecer una relación de protección con algunos rusos de mayor rango. Otras corren con suertes muy distintas. El espectro es tan amplio y para ser justo tan singular como cada una de las mujeres que vivieron esta historia y todas cuentan aunque sólo tengamos la voz de Anónima en la que resuenan sus ecos y sus miedos.


A veces hay que cerrar el libro y sólo sentir terror y reflexionar, sobre los momentos más pesarosos de la vida humana, como los de las mujeres durante una guerra, cualquiera que esta sea. Extrañamente, esta no es una historia trágica, sino una de supervivencia. Anónima considera que las berlinesas, lejos de victimizarse, se salvaron a sí mismas y a quienes pudieron, además de lo que quedaba de su ciudad, porque los hombres, quienes socialmente cumplen el rol de ejercer la violencia y paradójicamente de defender de ella, simplemente no estaban. La razón por la que el libro fue olvidado hasta que murió su autora fue sobre todo porque los hombres alemanes no pudieron aceptar también esta derrota y apoyar a sus mujeres. Decidieron mirar para otro lado en el momento que más necesitaban de ellos; pero ellas se tenían unas a otras:


But here we’re dealing with a collective experience, something foreseen and feared many times in advance that happened to women right and left, all somehow part of the bargain. And this mass rape is something we are overcoming collectively as well. All the women help each other by speaking about it, airing their pain, and allowing others to air theirs and spit out what they’ve suffered. Which of course doesn’t mean that creatures more delicate than this cheeky little Berlin girl won’t fall apart or suffer for the rest of their lives.² (p. 147, Tuesday, May 8, 1945, with the rest of Monday)

A Woman in Berlin es más impresionante y más humano que todas las películas que hay en torno a los norteamericanos y al honor que supuestamente rodean este momento histórico. La sociedad moderna ha normalizado la violencia a tal grado que ahora es una forma de entretenimiento ir a ver una obra de ficción, muchas veces basada en la realidad, en la que se dignifica la guerra y se moldea la memoria histórica de las naciones y los individuos que las habitan. Este es un diario que retrata la realidad compleja de sobrevivir en un momento extremo, en el que se pone en jaque quién es uno y quién el otro, las expectativas que se tienen sobre el país que se habita y los extranjeros, sobre la guerra, sobre los hombres, sobre las mujeres. Si bien se trata de géneros diferentes, es una perspectiva que se suma a voces como la de Le Hy Hayslip en When Heaven and Earth Changed Places: A Vietnamese Woman’s Journey from War to Peace (1989), las memorias de una vietnamita durante la Guerra de Vietnam, su migración a Estados Unidos y la posterior vuelta a su tierra natal, quien ha trabajado para preservar la memoria y en contra de la glorificación de las guerras.