Boda Olímpica

Alejandra Benítez



Al salir la luz del Sol entrecerró sus párpados.


Encandilado.


El amanecer de ese día se tornó en la calma de una tormenta interna e invisible


Salvo por las lágrimas que sollozó de noche en noche,


a veces de tarde.


Aún en el punto más álgido del Sol se llora en casa.


Por el alivio, por la congoja, de saberse aterrizado en región infranqueable por el otro.


La ternura de sus ojos se almendró en el asir de aquella luz incandescente, tamizada por el ensueño que había dominado sus horas.


La inocencia de una mirada hinchada de agua tras el encierro en sí misma, el adormecimiento de la vista que encapsula la inconsciencia.


Profundidad de uno mismo, caverna de los ideales.


Después de ahogadas sus pupilas blanquecinas adquirieron un tono transparente. La posibilidad de doblarse sobre sí mismo,


desapareciendo.


Había tenido tiempo de yacer ensoñecido.


Sintiendo el peso de su carne reventar sobre la fuerza que la mantiene sobre del piso.


Hipnotizar es dotar de sueño la vigilia.


De pronto abría los ojos para dar cuenta de que ya no estaba.


Despierta ni dormida.


Sino en la grieta de un descanso acurrucado por la noche y embelesado por el día.


Sintió la diverja de la barca de sus huesos y el timón de su cabeza:


Muerte de su muerte, vida inerte, caballo galopando.


Admiró los colores del atardecer con distancia impávida. El mar de su voluntad salió desbocado hacia los tonos del cielo, mientras su razón retozaba en un silencio que refulgía con el Sol.


Los hilos de sí misma se extendieron hacia el horizonte prolongando el dibujo de las nubes sobre de ella en una fusión perfecta.


Afirmación queda de templanza, sublime causa de armonía,


frío de luz.

Aquello, lo exterior, era un sonido nuevo por la cualidad cristalina de sus ojos recién purificados.


Su cuerpo requemado por las brasas de la cocina tras el encierro.


Había tenido tiempo de escuchar con atención el pulso de la válvula en su pecho.


Como se cuentan las gotas sobre del agua en el fregadero, como se percibe un rayo de luz alumbrar la mesa.


Soledad antípoda de la actividad que la tenía ciega. Silencio lunar necesario. Sombra para ver.


Sintió el arrullo del conducto de su sangre estremecerle el vientre con el susurro de su agua corrediza.


Latente.


El murmullo de su entraña se igualó con el caer de la lluvia,


en el canturreo de sí, ensoñación primera, se vio verter en el lecho cálido de sus almohadas contenida por la figura anímica de un sí mismo masculino.


Fue recibido.


Siguieron las demás noches con sus días. La acción fue integrada al descanso con el compás del paso atrincherado en el fogón, agazapado por el tono de luna filtrada por la ventana. Hacer constante tejido a canción de cuna:


quietud en movimiento.


Pralaya y Manvantara; se disolvió construyéndose.


En otros sueños se vio multiplicado, en las versiones de ese animus desfigurado en varias encarnaciones. Se sintió abrazada al calor gris de aquel caballero de copas. Se abandonó en amor.


En el último soñar extendió sus piernas revueltas hacia la montaña de ese espejo que la abrillantaba.


Entrelazados.


Parpadeando de a poco en el gestar de una sota de oros y de copas amaneció en la comunión de las espadas con los bastos. Reina de todos los palos. Mundo, loco, torre y fortuna.


Ese día amaneció otra por ser nuevo.


Todo ese soñar fue visión de ser conjunta con sí misma.


La sombra, el brillo.


Lo uno, la otra.


En la mirada de su sueño culminado de sí se encontró completada por su propia perspectiva,


e íntegro, fue una.


As de oros.

Fotografía:

Velo de novia, San Cristóbal de las Casas 2017.

Andrea Benítez Madrigal