Aferrándose a la cordura

Mónica Martínez Álvarez





Esta es una noche diferente, la última de este 2020 que ha sido considerado por muchas personas como "el peor año de la historia". No creo que sea así ya que han existido muchísimos años con circunstancias muy difíciles dentro de la cronología del mundo. Afuera, el viento sopla con toda su fuerza, quizá ese movimiento tan turbio de las ramas de los árboles y el sonido provocado por el choque de las ondas entre sí y contra los objetos a su paso dejan tras de sí ese ruido característico que hace parecer que los árboles chillan. Los perros ladran, el viento continúa evidenciando su furia, o puede que quizá con el movimiento esté "limpiando" todo aquello que nos trajo este año tan particular. La gente se desahoga en las redes sociales y escriben sobre esta noche tan fría y solitaria, tal vez la última noche del mundo... al menos como lo conocíamos.


Estamos en vísperas de que un ciclo termine, de que muchas puertas que se han cerrado puedan abrirse aunque sea “a chingadazos”. La gente ansía dejar atrás el cúmulo de sucesos que ha traído incertidumbre, desesperación, frustración y aislamiento. No pueden esperar a que el calendario marque con números el paso del tiempo, de los días, de los meses, las horas y la vida. Un año más y un año menos de los miles vividos, de los miles que quedan por cumplir y de los cuales sólo la naturaleza ha sido y será testigo.


Caminar entre espacios alejados de las calles concurridas, del olor penetrante a alcohol, de la apatía y la necedad de algunos que continúan pensando que una pandemia "no es para tanto" o "es una exageración". En todo este tiempo lo único que me ha mantenido cuerda entre tanto caos ha sido detenerme a la mitad de algún camino apartado, tomar mi cámara, la "cajita que congela momentos", enfocar y apretar un botoncito "mágico", mientras anhelo tiempos mejores y atesoro los distintos escenarios que la naturaleza nos brinda.


Creo que muchas personas se han aferrado o han encontrado refugio en el arte en general, es lo único que nos despeja y entretiene. Para algunas personas es por medio de fotografías que retratan y recuerdan escenarios o contextos diferentes que en algún momento se perdieron en la infinidad de pensamientos. Hay otras que escriben, escriben y escriben sin parar, porque quizá la tinta y el papel sublimen todos los sentires. Algunas más optan por cantar o tocar melodías cargadas de esperanza; porque entre tanta incertidumbre el arte siempre será nuestra puerta de escape, en la búsqueda de aquello que nos motive a seguir. Al final, uno tiene que aferrarse a algo que le devuelva la tranquilidad y la ilusión de nuevas oportunidades.